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jueves, 17, septiembre, 2026

El gran reemplazo

El gran reemplazo

Hay un fenómeno que se está extendiendo por todo el mundo occidental en los últimos años: el crecimiento y expansión de grupos de extrema derecha, bien sean partidos políticos, asociaciones o plataformas conservadoras. El último caso lo hemos tenido en Brasil, con la victoria de Jair Bolsonaro, pero sin salir de Europa tenemos ejemplos de sobra en Italia, Suiza, Austria, Dinamarca y Hungría, por nombrar sólo los países donde los partidos políticos nacionalistas tienen más apoyos.

Uno de sus discursos más repetidos por estos grupos es la advertencia profética de que Europa se encuentra en peligro por la invasión de extranjeros que amenazan con acabar con nuestra cultura y forma de vida, una idea que se refuerza en la teoría conspiratoria del Gran Reemplazo. Esta idea, cuyo nombre ha sido popularizado por el escritor francés Ranaud Camus, abarca desde la mera observación de los cambios culturales que pueden derivarse de los movimientos migratorios hasta un maléfico complot para acabar con la cultura occidental de forma metódica y deliberada.

En un vano intento de escapar de los apelativos de racismo y xenofobia que rápidamente salen a flote frente a discursos nacionalistas, estos partidos tratan, unas veces con razonamientos que intentan ser lógicos, otras con claros ataques basados en la falta de argumentos, de explicar que su posicionamiento es una defensa de la cultura europea -la cultura de los cristianos blancos, quieren decir- y de los valores democráticos frente a las imposiciones de los fundamentalistas -islámicos, quieren decir-.

Sin embargo, con estas explicaciones, los grupos nacionalistas dejan claro que sus conocimientos son limitados, si no claramente interesados. ¿Alguien se atrevería a negar que España y Portugal forman parte de Europa? Imagino que no. ¿Y Grecia? ¿Y Alemania? Pues bien, la península Ibérica estuvo ocupada por población árabe durante siglos y esto ha quedado muy marcado tanto en nuestra cultura como en nuestros genes. Grecia formó parte del imperio Otomano desde el siglo XV hasta el XVIII, con lo que estuvo más unida a los países árabes del mediterráneo oriental que a la Europa occidental.

Y las tierras que hoy conocemos como Alemania fueron invadidas por poblaciones de migrantes como los hunos, procedentes de las estepas asiáticas alrededor del siglo V dC. Estos son sólo unos ejemplos, creo que suficientes, para comprender que la identidad o cultura europeas no son más que una idea abstracta, una gigantesca mezcla de culturas, tradiciones, pueblos, influencias, costumbres, lenguas… No tiene sentido hablar de pureza cultural salvo si nos referimos a un pueblo que ha vivido aislado del resto del mundo durante miles de años.

Todas las demás poblaciones del mundo se han mezclado, movido e influenciado unas a otras de algún modo. La defensa de las libertades y derechos que nuestros antepasados lograron para nosotros en Europa es encomiable, pero la simplificación de un discurso antagonista que pone a ellos contra nosotros me parece ridícula. El término xenofobia se emplea para representar el rechazo o recelo hacia los extranjeros, algo originalmente procedente del miedo y desconocimiento (de ahí la parte de -fobia, del griego phobos, miedo).

Hoy en día ya no se trata tanto de desconocimiento y miedo como de rechazo directo, por lo que tal vez deberíamos comenzar a emplear el término misoxenia, que aúna las raíces misos (odio) y xénos (extranjero) y aplicarlo a quienes, por mucho que lo maquillen, no sienten odio sino a los que vienen de fuera.  

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