Capitán de madera
A veces pecamos de ingenuidad, un sector de las personas somos
mediocres y nos doblegamos con sometimiento a quien consideramos
líder por méritos, o tal vez, por imposición. Nos dejamos llevar
por la charlatanería o por los lobos con piel de cordero, lo que ha
dado en llamarse postureo.
Cualquier postulante a mandatario ha de
contar con algunas cualidades que lo catapulte hacia metas
superiores: dar el pego de simpatía, lo que imprime un atractivo por
fachoso que sea. Tener don de palabra, hablar sin tablas y con cierto
ritmo para encandilar. Ha de ser honesto, al menos, de puertas
afuera. Dar la talla en inteligencia, y si no la tiene, simularla
mediante sortilegios y artificios. Generosidad, al menos, en los
instantes que las cámaras o el público lo tienen en primer plano.
Inspirar confianza, aunque le cueste un mundo fingirlo.
Mostrarse
asequible, como si fuera una persona honesta, aunque en la otra mano
tenga preparado el punzante garfio. Aparentar valentía y no
ocultarse detrás de la puerta para escuchar, ya que un capitán
cobarde es un hazmerreir irreemplazable. A partir de este perfil, hay
que completar nombres de mandatarios que tenemos en mente, y calcular
su capacidad de liderazgo. Es difícil pensar en positivo, con
quienes están por encima de la escala. Ante panorama tan tentador,
no queda otra, y ratificarse en el preámbulo: somos tan mediocres
que cualquier avispado, sin apenas pestañear, puede erigirse en
capitán.
Lo usual es que el prestigio esté unido a la fama, para
que todo el mundo pueda aspirar a ser reconocido. Los momentos de
gloria son altamente laureados, aunque lo razonable es, por ser
merecedor por talento, carisma y humanidad. Hay que apartar el laurel
volátil o episódico del oportunista de turno: la fama cutre y
vulgar o la del populacho que mataría por un minuto de goce para ser
un famosillo de mercadillo, siniestro, descacharrante, dantesco,
rudo, faltón, con un parche en un ojo y una pata de palo.
Un viejo
proverbio chino da la medida en estos menesteres: -A veces es bueno
sacudir el árbol de la amistad para que caiga la fruta podrida-.
Hay que tener cuidado con aquel que persiste en que la importancia
del árbol es el fruto, cuando la realidad es la semilla. He aquí la
diferencia, de quien va por la vida manipulando con posesión de la
verdad absoluta y de quien contribuye con la madre tierra. Es
indefendible una reputación con gesto encubierto y caricaturesco,
por supuesto, ni es manco, ni cojo, ni bizco. Y si añadimos un loro
parlanchín; un timonel despistado; un cocinero que solo sabe hacer
gachamiga; un contramaestre que le gusta levantar el codo y repite
todo lo que dice el capitán, y por si fuera poco, al capitán le
delata su caspa, que es pura viruta, por lo que se asegura una
travesía esperpéntica.
Pues, sigue siendo válido la opinión del
monje cisterciense francés Bernardo de Claraval (1090-1153), cuando
expresó:-La culpa no está en el sentimiento, sino en el
consentimiento-. Y es que no es necesario sembrar la mala hierba, se
siembra ella misma. Lo peor del caso, es que hace años que los
fantasmas le ronronean la cabeza, por lo que finalizamos con
insinuante percepción:
Como notes el cielo será
soleado o
enlutado.
Como distingas el día será
cálido o funesto.
Como
percibas la noche
será romántico o confuso.
Como adviertas el
paisaje
será abierto o alambrado.
Como conozcas a los demás
será
colindante o distante.
Como atiendas el respeto
será ameno o gélido.
Como percibas tú casa
será amplia o asfixiante.
Y como prevengas la
vida
será acertada o nefasta.