24.3 C
Petrel
lunes, 21, septiembre, 2026

Capitán de madera

Capitán de madera

A veces pecamos de ingenuidad, un sector de las personas somos mediocres y nos doblegamos con sometimiento a quien consideramos líder por méritos, o tal vez, por imposición. Nos dejamos llevar por la charlatanería o por los lobos con piel de cordero, lo que ha dado en llamarse postureo.

Cualquier postulante a mandatario ha de contar con algunas cualidades que lo catapulte hacia metas superiores: dar el pego de simpatía, lo que imprime un atractivo por fachoso que sea. Tener don de palabra, hablar sin tablas y con cierto ritmo para encandilar. Ha de ser honesto, al menos, de puertas afuera. Dar la talla en inteligencia, y si no la tiene, simularla mediante sortilegios y artificios. Generosidad, al menos, en los instantes que las cámaras o el público lo tienen en primer plano. Inspirar confianza, aunque le cueste un mundo fingirlo.

Mostrarse asequible, como si fuera una persona honesta, aunque en la otra mano tenga preparado el punzante garfio. Aparentar valentía y no ocultarse detrás de la puerta para escuchar, ya que un capitán cobarde es un hazmerreir irreemplazable. A partir de este perfil, hay que completar nombres de mandatarios que tenemos en mente, y calcular su capacidad de liderazgo. Es difícil pensar en positivo, con quienes están por encima de la escala. Ante panorama tan tentador, no queda otra, y ratificarse en el preámbulo: somos tan mediocres que cualquier avispado, sin apenas pestañear, puede erigirse en capitán.

Lo usual es que el prestigio esté unido a la fama, para que todo el mundo pueda aspirar a ser reconocido. Los momentos de gloria son altamente laureados, aunque lo razonable es, por ser merecedor por talento, carisma y humanidad. Hay que apartar el laurel volátil o episódico del oportunista de turno: la fama cutre y vulgar o la del populacho que mataría por un minuto de goce para ser un famosillo de mercadillo, siniestro, descacharrante, dantesco, rudo, faltón, con un parche en un ojo y una pata de palo.

Un viejo proverbio chino da la medida en estos menesteres: -A veces es bueno sacudir el árbol de la amistad para que caiga la fruta podrida-. Hay que tener cuidado con aquel que persiste en que la importancia del árbol es el fruto, cuando la realidad es la semilla. He aquí la diferencia, de quien va por la vida manipulando con posesión de la verdad absoluta y de quien contribuye con la madre tierra. Es indefendible una reputación con gesto encubierto y caricaturesco, por supuesto, ni es manco, ni cojo, ni bizco. Y si añadimos un loro parlanchín; un timonel despistado; un cocinero que solo sabe hacer gachamiga; un contramaestre que le gusta levantar el codo y repite todo lo que dice el capitán, y por si fuera poco, al capitán le delata su caspa, que es pura viruta, por lo que se asegura una travesía esperpéntica.

Pues, sigue siendo válido la opinión del monje cisterciense francés Bernardo de Claraval (1090-1153), cuando expresó:-La culpa no está en el sentimiento, sino en el consentimiento-. Y es que no es necesario sembrar la mala hierba, se siembra ella misma. Lo peor del caso, es que hace años que los fantasmas le ronronean la cabeza, por lo que finalizamos con insinuante percepción:

 Como notes el cielo será
 soleado o enlutado.
Como distingas el día será
cálido o funesto.
 Como percibas la noche
será romántico o confuso.
Como adviertas el paisaje
será abierto o alambrado.
Como conozcas a los demás
será colindante o distante.
Como atiendas el respeto
será ameno o gélido.
Como percibas tú casa
será amplia o asfixiante.
Y como prevengas la vida
será acertada o nefasta.

Salir de la versión móvil