Vamos de paseo
Por: Mari Carmen Rico Navarro. Cronista oficial de la Villa de
Petrer
En los años 20 y 30 del pasado siglo la gente de Petrer paseaba
por el conocido como Camino de los Pasos lo que conocemos en la
actualidad como la Explanada. Durante los meses de verano, los
domingos por las tardes, el camino se llenaba de gente que compraba
lechugas y las consumía paseando durante horas. Estas lechugas, tan
apreciadas por los petrerenses de entonces, se cultivaban en el
huerto que había al final del camino, el huerto de la Teulaina.
En
este espacio que, en la actualidad, es el parque 9 d’Octubre vivía
Virginia la Teulaina y su esposo Andreu. El Camino de los Pasos, los
domingos por la tarde quedaba sembrado de hojas verdes. Para comerlas
no existían diferencias sociales, toda la gente paseaba arriba y
abajo luciendo sus trajes domingueros y los caballeros su sombrero
plano de paja con la cinta negra, conocido como “ricardito”, a su
alrededor. También vendían lions para los niños, que con sus
canutos de caña fastidiaban a los transeúntes.
Años más tarde fue
a vivir a este huerto Bienvenida, abuela materna de Evaristo Pla
Medina. Después de Bienvenida estuvo Andreu el del Cid, aunque por
aquel entonces la costumbre de comer lechugas ya se había perdido
por completo. Su último morador fue Enrique el Xambiter, oriundo de
Jijona y con este nombre fue conocido el huerto. Por esta calle
transcurría el día 13 de mayo la entrada de Moros y Cristianos, a
las 8 de la mañana. Por el mismo recorrido pasaba la guerrilla la
tarde de los días 13 y 14.
En el programa de las fiestas de San
Bonifacio de 1928, se puede leer que por la avenida Alfonso XIII
tenía lugar la entrada de las comparsas. Contamos con bellas
imágenes del año 1935 en las que podemos ver a las comparsas
desfilando por esta vía pública. Gracias al cronista Hipólito
Navarro sabemos que durante el primer tercio del siglo XX hubo una
regular afición a los toros, especialmente durante la fiesta de San
Bartolomé. Hubo una temporada en que incluso durante los domingos de
verano había toros, becerradas y capeas en un local al aire libre
bastante espacioso, llamado popularmente el Paraor del Magatzem,
situado en el Camino de los Pasos, lindante por la parte de atrás
con el carrer Nou.
Allí paraban carros, reatas y arrieros,
habilitándose en ocasiones para correr toros y celebrar charlotadas.
Aquella improvisada plaza de toros era bastante ancha, pues cogía
buena parte de lo que hoy es la Explanada, y resultaba un recinto
aceptable para desarrollar las capeas. Las barreras las constituían
carros de los que pernoctaban allí y de los que había al lado de la
casa de l’Aperaor. Las gradas que daban a la parte del camino eran
tablones.
Cabía bastante gente y resultaban relativamente cómodas
si el espectáculo no se alargaba demasiado. Además, los carros se
llenaban de espectadores. Esta afición duró hasta unos años antes
de la Guerra Civil, incluyendo el correr vacas emboladas con cuerdas
y sin ellas, hasta que se fue perdiendo paulatinamente, como muchas
de nuestras costumbres ante la llegada de los tiempos modernos.
También, Hipólito, refería que, por la festividad de la patrona,
la Virgen del Remedio, entre las pocas actuaciones que entonces
venían para diversión de chiquillos y grandes, las más divertidas
eran las funciones de guiñol.
Algunos feriantes plantaban juntas sus
carpas, una en forma de sala y otra de tiro al blanco con balines, en
el bancalet, al lado de la primera casa, donde comenzaba el carrer
Nou. Les Cristovetes era un teatro de polichinela con unos personajes
entre cómicos y dramáticos, que hacían las delicias de niños y
mayores. Había varias sesiones al día, sobre todo en fiestas y
domingos, que empezaban por la tarde y finalizaban al anochecer. Los
asientos eran unos tablones largos con apoyos clavados en el suelo,
que era de tierra machacada. Frente a la entrada estaba el escenario,
bien adornado y perfectamente montado. El techo, en forma de ángulo,
estaba cubierto por una lona grisácea. Se pagaba entre 10 y 15
céntimos, según las edades.
El personaje principal, Cristóbal,
conocido por todos como Cristoveta, era un matón gracioso, un
pendenciero Don Juan de pacotilla, un “desfacedor de entuertos”
que enredaba la trama, se pasaba de rosca y no dialogaba demasiado,
con una moral poco recomendable, pero que hacía que el numeroso
público de aquellos años en blanco y negro lo pasara en grande en
aquel bancalet polvoriento, sin casas, con puertas y accesos a la
calle Nueva: Gasparet l’Aperaor, el magatzem, los toros y, durante
la primera guerra europea, los montones de manrubio, para elaborar
medicinas, que se exportaban al extranjero. En este paseo tuvo su
sede, antes de la guerra, Izquierda Republicana al lado de lo que en
la actualidad es la UGT.
Entre los dirigentes locales de este partido
político estaba Octavio García. El Ateneo Republicano se encuentra
en este lugar. Un edificio singular por sus múltiples usos fue la
sede del Frente de Juventudes después de la Guerra Civil. Con
anterioridad al conflicto bélico se ubicaba allí el Centro Obrero,
dependiente de UGT y del partido socialista. Más tarde fue derribado
y sobre él se construyó el inmueble actual que fue costeado con las
cuotas sindicales de patronos y obreros de la industria local.
En su
parte superior estaba el ambulatorio, que tenía su entrada por el
carrer Nou, y en el primer piso se hallaba la sede del sindicato
vertical, con entrada por la Explanada. En la planta baja estaba el
Consejo Local del Movimiento y por el callejón se accedía a la OJE.
También en esta vía tuvo su primera sede la Caja de Ahorros de
Novelda que fue inaugurada el 26 de febrero de 1956. En la que fue
avenida de José Antonio, actual Explanada, tenía su taberna Tadeo
Verdú, donde servía los mejores callos de todo Petrer.
Tadeo ya
había tenido un bar en Marruecos, estando de servicio en el año
1929, hasta que el estallido de la guerra civil le hizo retornar a
Petrer, montando un establecimiento en la calle Pedro Requena por la
década de los cuarenta que posteriormente trasladó a la Explanada.
En la confluencia de las calles José Perseguer y Leopoldo Pardines,
donde hoy está el edificio de la notaría, montó su bar en 1928 el
monovero Juan Bautista Rico, el Chico la Blusa, que durante los meses
de verano instalaba un toldo en la Explanada, aprovechando este
espacio para poner algunas mesas más.
Sus amigos organizaron una
orquesta y los domingos hacían baile. Al finalizar la Guerra Civil,
el bar se trasladó al nº 7 de la Explanada, donde tuvo gran
aceptación. Por lo que se refiere a su estructura, este paseo tiene
dos calles “adosadas” a la vía principal. El edificio Amalia
está rodeado en tres de sus cuatro partes por un callejón de la
anchura de un carro. Cuando se construyó el edificio hubo que
respetar la servidumbre de paso de un par de casas del carrer Nou a
cuyas antiguas cuadras y bodegas se accedía por el Camino de los
Pasos.
Algo parecido ocurrió en el nº 25 de la misma avenida,
conocido por el vecindario como “el carreró”. Cuando se
construyeron las casas que lo flanquean se respetó el paso a las
viviendas cuya fachada principal da al carrer Nou. En este
emblemático paseo lleno de historia, de vivencias y recuerdos, los
jóvenes y menos jóvenes paseaban las mañanas de los domingos y
festeaban los novios. Hoy ha pasado a ser una mera vía de tránsito
para los automóviles.
También en la actualidad tiene su sede en
esta avenida el sindicato UGT, en la primera planta, y desde 1986 la
Asociación de Cultura y Ocio de la Tercera Edad ACOTE, el Ateneu
Republicà, el Bar La Explanada y la Panadería Herrero. Hasta aquí
recuerdos y más recuerdos de un pasado irrepetible sobre un lugar
que ha perdido las innumerables funciones que tuvo en un pasado no
tan lejano.