Es evidente que los usos y costumbres de los petrerenses a la hora de vivir la Semana Santa y los días de comerse la mona en Pascua han cambiado. No hay más que darse una vuelta por los clásicos parajes naturales para percibir ese cambio
José Enrique Gálvez/ Hace décadas se esperaba con entusiasmo el domingo de Pascua y días posteriores con jolgorio tras los grises días de la Cuaresma y la Semana Santa. Era como una ruptura con semanas de ambiente gris impuesto por las arraigadas tradiciones católicas. Los chicos y chicas vivían la llegada del domingo de resurrección como una fiesta, una fiesta del amor. El mero hecho de salir al campo a comerse la mona y demás constituía todo un acontecimiento con intenciones de declaraciones amorosas.
Era tal la importancia que cobraba en materia de amor esa merienda al aire libre que de esos ratos surgían parejas de novios que en muchos casos perduraban en el tiempo formalizando matrimonio. El comerse la mona en pareja era una auténtica constatación de que el noviazgo estaba asentado o si no lo estaba se comenzaba a fraguar en esos días de Pascua en el Arenal, La Horteta o Ferrusa.
Ahora la cosa ha cambiado y los jóvenes ya no frecuentan esos parajes de forma especial en los días de Pascua. Ferrusa, por ejemplo, es un hervidero de personas todos los fines de semana del año. El Arenal tiene prohibido su acceso y ello unido a las facilidades que tiene la sociedad hoy en día para viajar ha hecho que las tradiciones moneras sean un mero recuerdo en las mentes de las personas más mayores.
De una forma o de otra en los próximos días serán muchas las personas que se congreguen para disfrutar de la tradición de comerse la mona o las pertinentes fritadas de conejo en campos particulares o en los preciados parajes petrerenses.