Los Reyes de Juanito
CUENTO Y RECUERDOS DE ANTAÑO
Ya habían quedado atrás los días entrañables de la Navidad y
Año Nuevo y Remedios, la madre de Juanito, estaba con el ritual de
cambiar el calendario que, colgado en la pared, le pone al día en
saber cuándo “cae” la Pascua o que días de la semana son las
fiestas de Sant Bonifaçi, San Bertoméu y la Mare de Déu. La del
Cristo sabe que es entre el último viernes de junio y el primer
domingo de julio. Estando en ello, se dirige a nuestro protagonista
y, entre apremio y regañina, le hace este comentario: “Juanito,
aún no has llevado la carta a los Reyes Magos y el Paje Real viene
hoy a recoger todas las que habeis escrito los niños y las niñas de
Petrer y si no la llevas pronto, los Reyes no van a saber qué les
has pedido y no te lo van a traer”.
Ante tal advertencia, Juanito
cogió la carta y, con dos amigos más que tampoco lo habían hecho,
se dirigió a la Plaça de Baix y en el buzón que allí se
encontraba para este menester, depositaron las tres cartas. Como
estaban de vacaciones navideñas, se fueron después a buscar en el
“Derrocat” algunas ollas, calderos y zafas usadas que, si
reparadas por el “estañador” que, de cuando en cuando, venía a
nuestro pueblo con la cantinela de:“ se arreglan ollas, cazos,
zafas, sartenes…”, como ya no daban más de sí, las amas de
casa las tiraban a la escombrera que era entonces el “Derrocat”.
Conseguido el “material”, con una cuerda la iban pasando por
algún agujero, consiguiendo una rastra considerable que,
arrastrándola por las calles, se solía hacer como muestra de
alegría por la llegada de los Reyes Magos de Oriente. También, en
su casa, Juanito tenía preparadas las cuatro “fallas” que, por
dos pesetas, había comprado en el tenderete que el tío Silvestre
“el Caball” colocaba cerca del mercado (donde hoy es la Plaça
del Derrocat).
Llegada la noche de la cabalgata de los Reyes Magos,
Juanito y sus dos amigos cojen la rastra que habían montado con lo
que encontraron en el “Derrocat” y, como muchos niños y jóvenes
hacían, se dirigen a la calle Gabriel Payá a esperarles,
acompañados también de los que, con sus caracolas de mar, las
hacían sonar sin descanso.
Con la llegada de la Cabalgata Real al
comienzo de esta calle, es el momento de cambiar la rastra de objetos
encontrados en el “Derrocat” por las fallas para rodarlas y así,
al rodarlas encendidas, iluminar las calles por donde iba a pasar
hasta llegar al Belén, instalado en la Plaça de Baix, para rendir
pleitesía al Niño Dios y a decirles a los niños y niñas que allí
se encontraban, que fuesen a sus casas a descansar, que esa noche
irían a entregarles todo lo que en sus cartas habían pedido, porque
los niños y niñas de Petrer se habían portado muy bien con sus
papás, sus yayos y sus amiguitos.
Con la ilusión en todo lo que iba
a acontecer, los tres amigos se fueron a sus casas a recoger las
fallas y, entre ellos, iban pugnando quien las rodaría mejor. Cuando
Juanito llega a la suya la encuentra cerrada. Toca y no le contesta
nadie. Insiste, pero en vano. Su madre no se encuentra en casa y su
padre no ha llegado del trabajo, por tanto no puede coger las fallas
que tenía preparadas. Con lágrimas de impotencia, ante tal
situación, se dirige donde están sus dos amigos, les cuenta lo
sucedido y les pide que le dejen alguna falla, porque en la escuela
oyó decir que si no “rodabas la falla” los Reyes a lo mejor no
te traían nada.
Los amigos no hicieron caso a su petición y Juanito
se fue muy triste al portal de su casa entre suspiros por no poder
quemar sus fallas y porque, según los comentarios en la escuela, se
iba a quedar sin regalos de los Reyes Magos. Mientras todo esto lo
iba desgranando en su pensamiento y ya se oían a lo lejos los
sonidos de los tambores y de la música que iba amenizando el cortejo
real, su madre aparece por la esquina de la calle. Juanito va hacia
ella entre lamentos por no haber estado en casa cuando tenía que
recoger las fallas para rodarlas.
Remedios, con respuestas
imprecisas, lo calma y le dice que cogiera las fallas y las rodara en
la calle que Melchor, el Rey a quien le había pedido los regalos,
era muy bueno y comprendería por qué no lo había podido hacer
durante la Cabalgata. Convencido Juanito, rodó en solitario sus
cuatro fallas en la puerta de su casa y, después de cenar, se fue a
la cama esperando la llegada del nuevo día y ver si era cierto que
su Rey Melchor lo había disculpado por no “rodar la falla” en su
momento. El sueño, esa noche, se convirtió en duermevela y cuando
al fin logró conciliarlo era casi hora de levantarse.
Por tal
motivo, sus padres entraron en su habitación y, susurrándole al
oído, comenzaron a despertarle. Lo primero que preguntó fue si
Melchor le había dejado algún regalo, a lo que sus padres le
respondieron que en la ventana habían dos paquetes que ponían:
“Para Juanito, del Rey Melchor”.
Rápidamente se levantó y fue
directo a la ventana y, al ver los dos paquetes que llevaban su
nombre, empezó a destaparlos entre lágrimas de alborozo, dando
gracias a su Rey y acordándose que no era verdad lo que decían en
la escuela. Además, acertó Melchor en todo lo que había pedido:
Una bolsa-maletín, un “plumier” completo, una caja de colores
Alpino y una pelota más grande que la que tenía.
La pelota la
estrenó enseguida, con un partido de futbol entre sus amigos donde
el campo era la calle y la portería la puerta de entrada al patio
del “Tío Valero” (hoy edificio Maracaibo), donde guardaba el
carro que le servía para transportar las cosas del campo. La
bolsa-maletín la estrenó al día siguiente, que comenzaba de nuevo
el curso escolar, y cada cual hacía alardes de lo que” le habían
puesto los Reyes” Juanito no cabía de satisfacción, luciendo su
nueva bolsa que Melchor, su Rey favorito, le había traido. Y,
colorín, colorado……







