Una raíz común
Ecología – del griego oikos(casa) y logos (expresión,
ciencia). Ciencia que estudia los seres vivos como habitantes de un
medio, y las relaciones que mantienen entre sí y con el propio
medio.
Economía – del griego oikos (casa) y néimen (administrar o
distribuir). Administración eficaz y razonable de los bienes.
La
decisión del presidente norteamericano Donald Trump de sacar a su
país del Acuerdo de París ha vuelto a poner sobre la mesa el tema
del cambio climático. Dicho acuerdo tiene como objetivo el
establecimiento de medidas para la reducción de emisiones de gases
de efecto invernadero y, por ende, del calentamiento global, si bien
no será aplicable hasta dentro de tres años, cuando finalice el
plazo de los acuerdos del Protocolo de Kyoto.
El calentamiento global
es un asunto que podríamos calificar de “planetario”, pero al
que hay que sumar otros problemas medioambientales más localizados,
como la contaminación en ciudades, ríos y costas, la acumulación
de basuras, el deterioro de espacios naturales, la desaparición de
especies, la amenaza a los ecosistemas, etc. Todos estos temas suelen
englobarse dentro del “saco” de la ecología o el medio ambiente.
Los estudios, investigaciones y posibles medidas al respecto quedan
en manos de un ministerio con escaso protagonismo, a cuyos
representantes no solemos ver en platós de televisión ni en ruedas
de prensa (¿conocen el nombre de la ministra de Agricultura y Pesca,
Alimentación y Medio Ambiente?
No se preocupen si su respuesta es
negativa, dos tercios de los españoles coinciden en no saber quién
ocupa este cargo). Según el barómetro del CIS, los problemas
medioambientales apenas aparecen entre los tres principales problemas
que existen actualmente España (sólo un 0,7% de la población
piensa así, y nunca situándolos en cabeza). Sin embargo, los
problemas de índole económica alcanzan el podio para un 21,2% de
los españoles (y el primer puesto para un 5,9%). En momentos de
crisis lo ecológico parece secundario, prescindible. Es como
«primero tengamos trabajo y dinero con el que comprar comida y un
techo, y después ya nos preocuparemos de los árboles y los
animalitos».
Sin embargo, ecología y economía tienen la misma
raíz, oikos, la casa, el lugar donde vivimos, y también nuestra
familia, nuestra sociedad, nuestro entorno. Piénsenlo un momento:
¿es posible tener la una sin la otra? ¿Es posible administrar con
eficacia los bienes del hogar ignorando el saber sobre ese mismo
hogar? ¿Se puede gestionar algo si lo desconocemos? Creo que en
algún momento habrá que comenzar a mover los asuntos
medioambientales al cajón de la economía.
El calentamiento global
puede llevarnos (nos está llevando) a situaciones climáticas
extremas, sequías e inundaciones que diezman a la población de las
zonas menos favorecidas y provocan miles de desplazamientos. Estos
nuevos refugiados climáticos buscarán asilo en los países ricos,
aumentando las tensiones sociales que ya estamos viendo con la actual
crisis de refugiados. Los vertidos contaminantes arruinan los
paisajes y pueden acabar con una importante industria turística.
La
contaminación de acuíferos provoca mayores gastos para la
potabilización del agua que llega a nuestras casas, lo que se
traduce en facturas más elevadas para los consumidores. La
contaminación atmosférica afecta a nuestra salud, lo que significa
una mayor necesidad de servicios médicos y mayor gasto –cuando no
hay recortes– en sanidad. También encontramos efectos positivos:
el agotamiento de los hidrocarburos conduce al desarrollo de energías
alternativas y a la creación de empleos y nuevas oportunidades de
negocio.
La arquitectura ecológica es más eficiente y consigue
enormes ahorros en el gasto energético del hogar. Estos son sólo
algunos ejemplos de problemas considerados ecológicos, pero que
tienen una incidencia directa en nuestra economía y en nuestros
bolsillos. En realidad todos la tienen, porque no es posible generar
calidad de vida despreciando el medio en el que se vive.







