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sábado, 19, septiembre, 2026
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Valenciano por decreto

Valenciano por decreto

Hay noticias que las lees y cuestan de creer. Unas por aberrantes y disparatadas, otras por horribles y dramáticas. Luego están estas noticias de las que, si no te tocan muy de cerca, apenas lees los titulares. Este último hubiera sido el caso, para mí, de la noticia sobre los nuevos decretos para el uso del valenciano que está promoviendo el Consell de la Generalitat, si no fuese porque es un tema en el que había estado pensando recientemente.

Me declaro castellano-parlante y, aunque entiendo sin dificultades el valenciano (y el catalán), admito que no lo uso nunca salvo para dar alguna respuesta escueta si se dirigen a mí en esta lengua. Peor es el caso de poblaciones enteras que, pese a formar parte de la Comunidad Valenciana, no tienen tradición de hablar valenciano, como es el caso de Elda, Villena u Orihuela.

Por eso las ideas que está proponiendo en Consell en sus nuevos decretos (el decreto sobre el plurilingüismo y el decreto de Usos Institucionales y Administrativos de las Lenguas Oficiales de la Administración de la Generalitat) me producen irritación y causan, al menos sobre mí, un efecto contrario al que pretenden; esto es, en vez de incentivar el uso de la lengua valenciana, consiguen que me genere aversión por ser algo impuesto. En el terreno educativo, valga que no estoy en contra del aprendizaje de ninguna lengua.

Es más, pienso que el conocimiento de diferentes idiomas (catalán, valenciano, inglés, francés o chino) no sólo es práctico de cara al futuro, sino que enriquece el pensamiento y expande la mente. Sin embargo, lo que impone el Consell por medio del Decreto sobre el Plurilingüismo no es sólo una educación con diversas lenguas, sino en diversas lenguas, agravando así una diferencia entre valenciano-parlantes y no valenciano-parlantes, entre residentes en la Comunidad Valenciana y migrantes de otras comunidades, que tendrán que hacer un esfuerzo extra aun cuando todos –ellos, sus compañeros, sus profesores– hablan una lengua común, el castellano.

En el terreno administrativo la cuestión se vuelve más escabrosa. Normas como la de que los funcionarios tengan que atender al público primeramente en valenciano, por decreto, me parece ridículo. En la Comunidad Valenciana, tanto el castellano como el valenciano se consideran lenguas oficiales y me parece lógico que los funcionarios deban ser capaces de desenvolverse con una o con otra sin merma de sus responsabilidades, pero de ahí a imponer cómo deben tratar al público, me parece que hay un gran salto.

Lo mismo ocurre con documentos y comunicaciones escritas, que pretenden que se hagan únicamente en valenciano, salvo que se solicite lo contrario. El simple hecho de tener que presentar una solicitud para que la administración se dirija a uno en castellano, que es la lengua oficial de todo el estado, me parece absurdo. Algunos valenciano-parlantes hablan de discriminación y falta de respeto por no poder usar su lengua, pero me parece que están entendiendo mal el problema.

Nadie les prohíbe usar su lengua, pero en circunstancias donde debe haber una comunicación (“Transmisión de señales mediante un código común al emisor y al receptor”, según una de las acepciones de la RAE, la negrita es mía), lo respetable es que no todos los españoles tengan que hablar valenciano. Mientras que un comerciante, en su negocio, puede arriesgarse a perder un cliente por no querer hablarle en castellano, la administración no puede dificultar la comunicación con los ciudadanos imponiendo una lengua que no todos entienden.

Si hay dos lenguas oficiales en la comunidad, una plantea dificultades para la comunicación y la otra no, creo que la solución es bastante sencilla. La mejor opción debería ser la más simple, las más eficaz para todos y la menos costosa.

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