Crónicas del Lluna nº 5
Estuve pensando la mejor manera de decirle que, en realidad, a mí
lo que más me ponía del calor era buscarlo. Hacía un frío del
carajo y esa noche estaba el Lluna a rebosar. Pol miró las suelas de
sus zapatos convencido de haber pisado un maloliente premio. La banda
de jazz, que no tocó nada especial, consiguió muchos seguidores y
adeptos perdidos, para variar, a la mañana siguiente.
Al fondo, se
veía el patio nevado y en su sala contigua encendieron el fuego de
la chimenea. Enfrente, justo en su reflejo, terminamos nosotros
rodeados de gente de pie y de libros tumbados. Acepté su oferta de
tomarme una última copa en aquel tenue rincón cuando ya me había
despedido de mi taburete y de la barra –desde allí la contemplé
como una descompensada patria a la que tantas tonterías había
confesado entre una ignorancia absoluta sobre el techo, el humo, las
lámparas y un conocimiento enfermizo de las baldosas del suelo, las
colillas, la nada–.
Estuve pensando la mejor manera de decirle que
me quedaba por ella: por la copa, porque siendo honesto cualquier
otra pretensión hubiese sido perder de nuevo el tiempo, que se
trataba de una chica cuya puerta ya conocía mi nariz de sobra. Nos
miramos al beber e intentando averiguar el motivo de aquel gesto
entendí que a ella le apabullaba tanto la soledad como a mí la
multitud.
Lo vi en sus ojos que no tardaron en susurrarme la frase de
tanatorio “siempre se van los mejores”. De manera que me eché la
ilusión sin desenvolver al bolsillo como un caramelo que lejos de
probar boca termina pegado en un papel y estuve un buen rato pensando
la mejor manera de levantarme y dejarla allí, que uno ya iba
aprendiendo qué lugar no era el suyo, cuándo alguien estaba de
paso; cuándo era el momento de irse a casa.







