La exposición fotográfica de Luis Navarro
A veces, sin pretenderlo, una acción, un simple gesto sin
pretensiones importantes, genera en los otros más o menos
conscientemente un sinfín de estímulos interiores que mueven las
raíces de su existencia y a reflexionar sobre ella.
Es el caso de
la Exposición Fotográfica “Mirando lo diminuto y lo inmenso”
clausurada el pasado 9 del presente octubre.
No entiendo de calidades fotográficas, de contraluces y esas
cosas pero sí capto lo que en su conjunto transmiten, y más, por la
sutil inteligencia y sensibilidad de su montaje.
En la Exposición se
conjugaba perfectamente lo íntimo del autor con el hilo conductor
hacia el mensaje de la obra: contenido y continente, conjuntados con
intencionada armonía provocan diversidad de emociones íntimas de
vivencias imborrables que cada uno guarda para sí.
No soy un amante de la fotografía, visitar la exposición fue un
deber cordial al que me sentía gustosamente obligado.
Y me encontré
con otra lección de humanidad propia del autor: un cincel desbrozaba
las conchas que opacaban lo que había dado sentido a mi devenir, los
recuerdos.
Recuerdos. Qué somos, cuando resignados; o menos; intuimos que
el final del camino está próximo, sino una suma de recuerdos.
El
ser humano no es capaz de identificarse consigo mismo si no es en el
entorno, orográfico o urbano, donde inició la consciencia de su ser
y estar en este mundo. (De ahí la añoranza, la nostalgia, la
saudade que es simbiosis de las dos.)
Los recuerdos que más fuertemente quedan son siempre estampas de
nuestra niñez, adolescencia… hasta el inicio de la madurez. Ese
tiempo es el papel y la tinta de nuestra intrahistoria. Después
viene lo cambiante, lo mutante que siempre gira al entorno de
aquella.
De mis contados viajes juveniles a otros lares, recuerdo que
la ausencia de mi entorno me producía desasosiego y cuando por la
ventanilla del tren, ya de regreso, vislumbraba a lo lejos la Sierra
del Cid, me tornaba la calma, como al animal silvestre perdido que al
fin encuentra su madriguera y siente calor de cobijo y seguridad.
¿Quién soy al final del trayecto?:
Ese niño que compite jugando
a la trompa, sube al Castillo a simular batallas, corretea por El
Derrocat o La Algolexa, que contempla- inerme su pensamiento- a la
Mare de Deu y a San Bonifacio procesionando por las viejas calles
estrechas de su pueblo; ese adolescente que pasea en cuadrilla y se
aposentan en el eterno banco de La Explanada buscando instintivamente
su mañana; y contempla las sendas, los paisajes y las luces de sus
montes y valles que le sellaron para siempre en comunión perenne con
su tierra.
Cuando termino el recorrido de la exposición, todos esos símbolos
y simbolismos, callejuelas que ya no están mas siguen inmutables en
nuestra memoria, la visión de la calle pueblerina, sola, triste, en
penumbras, bañada por la lluvia de una tarde-noche otoñal, el
particular brillo policromo de nuestros abruptos o nobles senderos
que se te hinca en lo profundo; los personajes, próximos y lejanos
que reactivan tu vitalidad menguada de esperanzas, se han trocado en
un bello soneto perfecto en sus rimas que te muestra tu única
verdad: hayas pasado lo que hayas pasado, he vivido.







