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viernes, 18, septiembre, 2026
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Crónicas del Lluna 2

Crónicas del Lluna 2

Pol, un vecino más con el fracaso tatuado en la frente, justamente lúcido de año en año bisiesto, parió un buen día el Lluna. Arregló una vieja casa de un viejo barrio condenado a un futuro de constante silencio salvo cinco días en los meses de mayo. No puedo negar el mérito que tuvo haber logrado aquel espacio donde muchos preferimos hacer nuestra vida allí, fuera de la calle.

Equiparable mérito al de servir copas con una sola mano. Pol era manco y esa peculiaridad se reflejaba en la personalidad del local, gobernado por un ritmo truncado. Nunca nadie pidió hielo para el café, y resultaba más atractivo medir el tiempo en unidades que dependían del tamaño de papeles que pudieron hacer de minutos, intencionados, por no acabar juzgando con pena de muerte al que en su día determinó cuánto debía medir un cigarro. De Pol nunca esperamos grandes cosas y de hecho nunca las especialidades estuvieron tras la barra.

Eran los clientes los que añadían el sentido del gusto si no bien lo ponía la banda. El pianista, tan delgado como la rendija de la puerta (por la que no se atrevían a pasar algunas nociones básicas de comportamiento) tenía unas delicadas manos de tacto acorde al piano cuyas teclas parecían de un pulido marfil.

Un músico exquisito y brillante en la palabra que gracias al Lluna amanecía en camas distintas, esas en las que todo el mundo quería amanecer. Así debió alimentarse durante aquella época, pues cuando empecé a conocerlo llevaba meses sin cobrar una peseta y no le ardía nada. —Gracias por entenderme, eres un pedazo de pan —le dijo el dueño una noche antes de que se marchara, a lo que el chico, mientras abría la puerta y cogía a una desconocida del brazo, respondió con una irrecuperable juventud: —Ea.

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