Crónicas del Lluna 2
Pol, un vecino más con el fracaso tatuado en la
frente, justamente lúcido de año en año bisiesto, parió un buen
día el Lluna. Arregló una vieja casa de un viejo barrio condenado a
un futuro de constante silencio salvo cinco días en los meses de
mayo. No puedo negar el mérito que tuvo haber logrado aquel espacio
donde muchos preferimos hacer nuestra vida allí, fuera de la calle.
Equiparable mérito al de servir copas con una sola mano. Pol era
manco y esa peculiaridad se reflejaba en la personalidad del local,
gobernado por un ritmo truncado. Nunca nadie pidió hielo para el
café, y resultaba más atractivo medir el tiempo en unidades que
dependían del tamaño de papeles que pudieron hacer de minutos,
intencionados, por no acabar juzgando con pena de muerte al que en su
día determinó cuánto debía medir un cigarro. De Pol nunca
esperamos grandes cosas y de hecho nunca las especialidades
estuvieron tras la barra.
Eran los clientes los que añadían el
sentido del gusto si no bien lo ponía la banda. El pianista, tan
delgado como la rendija de la puerta (por la que no se atrevían a
pasar algunas nociones básicas de comportamiento) tenía unas
delicadas manos de tacto acorde al piano cuyas teclas parecían de un
pulido marfil.
Un músico exquisito y brillante en la palabra que
gracias al Lluna amanecía en camas distintas, esas en las que todo
el mundo quería amanecer. Así debió alimentarse durante aquella
época, pues cuando empecé a conocerlo llevaba meses sin cobrar una
peseta y no le ardía nada. —Gracias por entenderme, eres un pedazo
de pan —le dijo el dueño una noche antes de que se marchara, a lo
que el chico, mientras abría la puerta y cogía a una desconocida
del brazo, respondió con una irrecuperable juventud: —Ea.