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domingo, 20, septiembre, 2026

Ética sin estética y estética sin ética

Ética sin estética y estética sin ética

Los colores de la vida. Es evidente que el color blanco es lo contrario al negro y que ambos colores se oponen entre sí. Es curioso que en la antigüedad no hubiera nada que fueran negro y blanco, tan solo algunos animales. Por entonces el color contrario al blanco era el rojo. Fue al irrumpir la imprenta cuando la imagen grabada en tinta negra era sobre papel blanco. A partir de ese momento miramos el blanco y el negro como colores opuestos. Después el Romanticismo puso de moda el azul claro y en el siglo XIX el azul marino reemplazó al negro, primero en los uniformes y luego en la ropa cotidiana.

Una aportación de la modernidad, hija del romanticismo, ha sido observar el medio nocivo de la sociedad como un valor estético. Los surrealistas lo potenciaron, y una masa compacta se apuntó a la verbena ferial: poetas viciosos, escritores camicaces, filo-nazis o leninistas. Lo positivo de la sociedad parecía aburrido y lo negativo colores punzantes. Un medallero para que un “artista” realice una obra instructora sin dejar de ser un canalla; un proxeneta; un maniático o un pederasta. Una careta sobre la piel. Desde luego no es nada fácil dilucidar a uno de esos peculiares personajes, pero ayudara saber cómo son sin esa careta encajada en su piel: ante la vida, con la familia, en la dirección empresarial o con los más débiles. Vivimos en una sociedad cada vez más infantilizada, acuartelada en lo políticamente correcto.

Sorprende esa actitud ante la sociedad y a veces supera con creces la ficción, ya que la maldad se puede hallar a la vuelta de una esquina. Con el dogma de que no pasaran factura, sus viles acciones encubre la malandanza. Y sin apenas esfuerzo, exprimen la deficiente personalidad de los que pululan en su oscuro entorno. Se resisten a no abandonar la infancia, pero periódicamente se desprende una hoja del anuario. Una ética, una estética. Un pintor impresionista estadounidense, James McNeill Whistler (1834-1903), se jactaba de practicar: -el bonito arte de hacer enemigos-.

Pero el ser humano que nace cojo de los dos pies, llegara más lejos con estas dos reveladoras muletas: ética y estética. Y según Howard Gardner (Scranton, Estados Unidos, 1943), científico de la Universidad de Harvard, llegó a conclusiones que confirman lo que conocemos: -Los verdaderamente grandes lo son porque son verdaderamente buenos, aunque no todos los buenos lleguen a ser grandes (…) no pueden ser profesionales excelentes, no llegan a serlos nunca. Tal vez tengan pericia técnica, pero no son excelentes. Lo que sabemos es que los mejores profesionales son siempre ECE (excelentes, comprometidos y éticos)-.    

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