Ética sin estética y estética sin ética
Los colores de la vida. Es evidente que el color blanco es lo
contrario al negro y que ambos colores se oponen entre sí. Es
curioso que en la antigüedad no hubiera nada que fueran negro y
blanco, tan solo algunos animales. Por entonces el color contrario al
blanco era el rojo. Fue al irrumpir la imprenta cuando la imagen
grabada en tinta negra era sobre papel blanco. A partir de ese
momento miramos el blanco y el negro como colores opuestos. Después
el Romanticismo puso de moda el azul claro y en el siglo XIX el azul
marino reemplazó al negro, primero en los uniformes y luego en la
ropa cotidiana.
Una aportación de la modernidad, hija del
romanticismo, ha sido observar el medio nocivo de la sociedad como un
valor estético. Los surrealistas lo potenciaron, y una masa compacta
se apuntó a la verbena ferial: poetas viciosos, escritores
camicaces, filo-nazis o leninistas. Lo positivo de la sociedad
parecía aburrido y lo negativo colores punzantes. Un medallero para
que un “artista” realice una obra instructora sin dejar de ser un
canalla; un proxeneta; un maniático o un pederasta.
Una careta sobre la piel. Desde luego no es nada fácil dilucidar
a uno de esos peculiares personajes, pero ayudara saber cómo son sin
esa careta encajada en su piel: ante la vida, con la familia, en la
dirección empresarial o con los más débiles. Vivimos en una
sociedad cada vez más infantilizada, acuartelada en lo políticamente
correcto.
Sorprende esa actitud ante la sociedad y a veces supera con
creces la ficción, ya que la maldad se puede hallar a la vuelta de
una esquina. Con el dogma de que no pasaran factura, sus viles
acciones encubre la malandanza. Y sin apenas esfuerzo, exprimen la
deficiente personalidad de los que pululan en su oscuro entorno. Se
resisten a no abandonar la infancia, pero periódicamente se
desprende una hoja del anuario.
Una ética, una estética. Un pintor impresionista estadounidense,
James McNeill Whistler (1834-1903), se jactaba de practicar: -el
bonito arte de hacer enemigos-.
Pero el ser humano que nace cojo de
los dos pies, llegara más lejos con estas dos reveladoras muletas:
ética y estética. Y según Howard Gardner (Scranton, Estados
Unidos, 1943), científico de la Universidad de Harvard, llegó a
conclusiones que confirman lo que conocemos:
-Los verdaderamente grandes lo son porque son verdaderamente
buenos, aunque no todos los buenos lleguen a ser grandes (…) no
pueden ser profesionales excelentes, no llegan a serlos nunca. Tal
vez tengan pericia técnica, pero no son excelentes. Lo que sabemos
es que los mejores profesionales son siempre ECE (excelentes,
comprometidos y éticos)-.