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jueves, 17, septiembre, 2026

Azorín y Petrel

Azorín y Petrel

Azorín escribió que “Vivir es ver volver” y desde luego, él, que vivió más de 90 años, pudo decirlo con conocimiento de causa pues vio volver innumerables gentes y modas. Escribo esto porque precisamente este año que se celebra el cincuentenario de su fallecimiento vemos volver la realización de congresos y homenajes y la reedición de muchas de sus obras.

Se me permitirá que refiera que con motivo del año Azorín, en 1998 (125 aniversario de su nacimiento), nuestro Ayuntamiento editó la obra Azorín y Petrer, que bajo la coordinación de la Cronista Local Mª Carmen Rico, recogía una amplia serie de trabajos sobre la relación del maestro de Monóvar con nuestra localidad. No sé si el lector interesado aún puede adquirir el libro en la Concejalía, pero sí que dispone de él en nuestras dos bibliotecas, y allí puede leer la visión de esta población, cuna de su familia materna, recogida en la obra azorianiana.

 El autor de La ruta de D. Quijote pasó de niño largas temporadas en la finca de su familia en Catí, y recordaba un Petrel detenido en el tiempo de su juventud. Este Petrel, ya inexistente cuando Martínez Ruiz lo rememoraba, es el que recoge en dos de su obras que nos atrevemos a recomendar. Obras que no solo están a disposición del lector en los anaqueles de las citadas bibliotecas, sino que se siguen reeditando en la actualidad. La más antigua e importante de las dos es “Antonio Azorín”, pequeña novela en la que Martínez Ruiz recoge por segunda vez, tras “La Voluntad”, las andanzas de un joven periodista “Azorín”, que pasa en este pueblo unos días visitando a su tío Pascual Verdú.

 Como Salvador Pavía demostró, si Azorín es el “alter ego” de José Martínez Ruiz, hasta el punto de adoptar el nombre del personaje como pseudónimo, Verdú lo es de D. Miguel Amat y Maestre. El contraste entre la visión esperanzada de la vida del sobrino, joven, periodista, escritor y triunfador, y la visión desesperada del tío, escritor también y abogado de ilustre pasado, pero ya enfermo y derrotado por una vida adversa; es una de las mejores páginas de nuestra literatura del siglo XX. Pero la figura grave, austera, profunda de Amat, tiene también su contraste en otro personaje, Sarrió, locuaz, práctico, epicúreo, como un Sancho junto a su señor Quijano.

En esta obra Azorín nos muestra el plácido transcurrir de la vida provinciana que confronta con el vértigo de la vida capitalina madrileña. La otra obra que me atrevo a recomendar es “El enfermo”. Esta es una obra que transcurre casi en su totalidad en una vivienda de la Plaça de Baix. De esta novela de corta extensión se editó en 1998 una edición crítica a cargo del referido Salvador Pavía que, en una muy fundamentada introducción, nos explica esta original composición, pues es una de las obras más difíciles de Azorín, ya que apenas hay acción, ni argumento y sí ese reflejo del triste y lento devenir del tiempo, que tan magistralmente llena la producción del ilustre autor.

 El prólogo corrió a cargo de un gran azoriniano, el filósofo Julián Marías. Como es sabido, en 2012, se editó una versión en valenciano con traducción de Jordi Giménez. Junto a otras instituciones, desde el Instituto alicantino de Cultura Juan Gil Albert estamos preparando para el próximo otoño un Congreso internacional sobre la obra de Azorín que esperamos contribuya a una mayor difusión de su figura y su producción. Iniciativas de este tipo son importantes, pero no hay duda de que el mejor homenaje a un escritor, la mejor forma de conocerlo, es la lectura de su obra.

 Con ella el lector, no solo pasará buenos y entretenidos momentos, sino que aprenderá en Azorín la escritura, clara, sencilla, directa que lo caracterizaba, y también beberá de su exquisita sensibilidad, de su profundo amor hacia nuestro país y su cultura. El citado Julián Marías escribió que hay que releer a Azorín porque “Asombra la frescura de sus páginas, la intensidad del placer inteligente que producen al que tenga alguna sensibilidad para lo que es literatura, la distinga de sus sucedáneos, y estime eso, tan precioso como infrecuente, que se llama saber escribir”.

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