Más Maalouf y menos odio
Aludo al autor de Identidades asesinas por el gran bien que
supondría a la mayoría tantos que ahora están consumiendo
irritantes telenoticiarios o sesgados artículos de opinión. Me
siento dolido por la reciente situación política en nuestro país.
Pero no voy a posicionarme en un bando o en otro. Creo que soy
demasiado crítico para abogar por el blanco o el negro absolutos.
Como aficionado a la fotografía, me hubiera gustado escribir este
artículo para elogiar la magnífica exposición recientemente
exhibida en nuestra población por el amigo Vicent Olmos, y hablar de
la existencia de la amplia gama de grises que pueblan nuestra
realidad en relación cuestiones meramente artísticas, metafísicas
podríamos decir. Sin embargo, tengo que hacerlo en otro orden de
cosas, por una brizna de polvo que se nos ha metido en los ojos, que
nos enturbia la vista y nos permite llorar sin el pudor que en verdad
nos conmueve y que nos hace sentir un verdadero llanto en las
entrañas.
Creo que hablo por muchas voces calladas, lastimadas por
ver cómo la concordia entre hermanos se ve amenazada por ideas
inflamadas que nos hacen perder el sentido de la orientación.
Insisto, no voy a posicionarme en argumentos de uno u otro polo que,
a buen seguro siguen una validez lógica. Sin embargo, no veo que
ninguno de los argumentos desemboque en una verdad absoluta sino
parcelada. Sólo me pregunto ¿a qué demonios sirven estas piras?
¿De verdad tenemos tan poca memoria? ¿De verdad somos tan cortos de
corazón que nos ciegan los pobres monstruos de la sinrazón? ¿De
verdad resulta provechoso para la ciudadanía seguir los discursos
que mueven a la subversión para que los gobernantes, al fin y al
cabo, mantengan su statu quo personal, sin el más mínimo criterio?
¿Qué son nuestro brazo o nuestro pie si nos prestamos a la
desmembración del cuerpo?
Parafraseando la canción que firmaban
Evaristo Páramos y sus colegas hace algo más de tres décadas, “Veo
el paisaje, pero por mucho que miro no veo crecer países por ninguna
parte. Un país es un invento”. No comparto la idea de la canción
entera por su contenido, a mi entender, poco práctico por ácrata,
pero tampoco creo traicionar la esencia de su idea. El país, como
invento, por qué reducirlo a la polaridad moral de bueno o malo en
lugar de emplearlo para la búsqueda del bien común. Reconozco el
carácter utópico del planteamiento. Pero qué parte de los dos
bandos no defiende sino utopías. Puestos a proyectar utopías, por
qué no empezar por la, no por manida menos válida, planteada por
Ghandi: no hay caminos para la paz, la paz es el camino. Otra
canción asalta la actualidad desde el baúl de los recuerdos y me
sirve de banda sonora para la ocasión, y de inspiración para
engalanar mi balcón: Bandera Blanca.