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Petrel
domingo, 20, septiembre, 2026

Más Maalouf y menos odio

Más Maalouf y menos odio

Aludo al autor de Identidades asesinas por el gran bien que supondría a la mayoría tantos que ahora están consumiendo irritantes telenoticiarios o sesgados artículos de opinión. Me siento dolido por la reciente situación política en nuestro país. Pero no voy a posicionarme en un bando o en otro. Creo que soy demasiado crítico para abogar por el blanco o el negro absolutos.

Como aficionado a la fotografía, me hubiera gustado escribir este artículo para elogiar la magnífica exposición recientemente exhibida en nuestra población por el amigo Vicent Olmos, y hablar de la existencia de la amplia gama de grises que pueblan nuestra realidad en relación cuestiones meramente artísticas, metafísicas podríamos decir. Sin embargo, tengo que hacerlo en otro orden de cosas, por una brizna de polvo que se nos ha metido en los ojos, que nos enturbia la vista y nos permite llorar sin el pudor que en verdad nos conmueve y que nos hace sentir un verdadero llanto en las entrañas.

Creo que hablo por muchas voces calladas, lastimadas por ver cómo la concordia entre hermanos se ve amenazada por ideas inflamadas que nos hacen perder el sentido de la orientación. Insisto, no voy a posicionarme en argumentos de uno u otro polo que, a buen seguro siguen una validez lógica. Sin embargo, no veo que ninguno de los argumentos desemboque en una verdad absoluta sino parcelada. Sólo me pregunto ¿a qué demonios sirven estas piras? ¿De verdad tenemos tan poca memoria? ¿De verdad somos tan cortos de corazón que nos ciegan los pobres monstruos de la sinrazón? ¿De verdad resulta provechoso para la ciudadanía seguir los discursos que mueven a la subversión para que los gobernantes, al fin y al cabo, mantengan su statu quo personal, sin el más mínimo criterio? ¿Qué son nuestro brazo o nuestro pie si nos prestamos a la desmembración del cuerpo?

Parafraseando la canción que firmaban Evaristo Páramos y sus colegas hace algo más de tres décadas, “Veo el paisaje, pero por mucho que miro no veo crecer países por ninguna parte. Un país es un invento”. No comparto la idea de la canción entera por su contenido, a mi entender, poco práctico por ácrata, pero tampoco creo traicionar la esencia de su idea. El país, como invento, por qué reducirlo a la polaridad moral de bueno o malo en lugar de emplearlo para la búsqueda del bien común. Reconozco el carácter utópico del planteamiento. Pero qué parte de los dos bandos no defiende sino utopías. Puestos a proyectar utopías, por qué no empezar por la, no por manida menos válida, planteada por Ghandi: no hay caminos para la paz, la paz es el camino. Otra canción asalta la actualidad desde el baúl de los recuerdos y me sirve de banda sonora para la ocasión, y de inspiración para engalanar mi balcón: Bandera Blanca.

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