La insinuante calidez de la literatura
Arreos personales. El verano se muestra como paréntesis vital,
quizás la estación que mejor encarna como somos sin tarjetas de
visita o disfraces profesionales. Días que se recrean y la luz
alarga la tibieza. En esa brevedad se concentra la ilusión de un
tiempo que no se puede substraer, soltándose los arreos que fijan la
personalidad.
Estación placentera de tardes relajadas a la sombra
del centenario pino que es capaz de posponer la premura, librando el
fardo sobre las cansadas espaldas. Se cristaliza el pensamiento libre
de la aspiración: la posibilidad de emprender otras sensaciones,
cambiar de gustos, ingeniar deseos o desalojar las hojas amarillentas
que impiden ver la vida real, más clara, más pura. Gotas de lluvia
en los atardeceres grises de finales de agosto, la ocupación es
desocuparse.
Las primeras nieblas mañaneras marcan el final del
estío, aportan olor a humedad que caracteriza a la campiña
petrerense. Septiembre tantea el ambiente entre un templado cielo de
nubarrones aborregados. Los últimos chaparrones veraniegos se
convierten en tenaces lloviznas anunciando la otoñada. La brisa de
suave balanceo se desliza por las crestas arbóreas que desciende
silbando por las quebradas.
Algo más que literatura. El paisaje de octubre colorea con formas
y texturas, con una gama de verdes salpicado de dorados y ocres. Los
rayos de sol condesan los vientos que mecen las copas de la arboleda.
El fabuloso espectáculo anuncia elevar el telón para recrearse en
la calidez.
Para entonces la literatura vale poco si no hay vida.
Emoción y naturalidad son sentimientos que tienen que ver más con
la vida que con la literatura, o si se prefiere, la enseñanza de
saber que la literatura es algo más que simple literatura. Una frase
de un desconsiderado en círculos literarios, incide de alguna
manera, como fue el poeta Charles Baudelaire (Paris, 1821-1867),
cuando expresó:
-En la extensa numeración de los derechos del hombre que la
sabiduría del siglo XIX reemprende frecuentemente, hay dos puntos
muy importantes que han sido olvidados, que son el derecho a
contradecirse y el derecho a irse-.
Fantástico o abrumador. La memoria comparece ante un antaño
otoño, en el que se escribía cartas por correo convencional que
tardaba días y en ocasiones semanas en llegar al destinatario. Pero
internet ha logrado que el presente sea fantástico o abrumador. Al
móvil llega por WhatsApp apremiantes noticias de sucesos, que
pierden capacidad para leer los sentimientos, por la brevedad o
rapidez del mensaje tecleado, y consigue cierta evocación por
aquellos escritos de palabras imperecederas.
Siempre hay un espacio
para pensar, con largos paseos por el exuberante campo o por el
horizonte azulino de la playa, y poner en orden las ideas. Es un
tiempo que no tiene precio y que se ha convertido en un artículo de
lujo. Fue entonces cuando leí la entrevista del veterano actor
Carlos Olalla que le hizo al director guionista austriaco Michael
Haneke (Múnich, 1942), conversación que finalizaba de esta manera:
-Sumergirse en el universo de Hanake es dejarse llevar a la
esencia del ser humano, a todo lo que es, a lo que muestra y a lo que
esconde, a lo que dice y a lo que calla, a lo que ama, a lo que odia
y a todo eso que nos hace ser quienes somos.
En su cine no busques
respuestas, solo hallaras preguntas, todas esas preguntas que no
podrás dejar de hacerte si de verdad vives, si de verdad estas vivo
y no eres un muerto viviente que transforma su vida en una simple
espera de la muerte-.







