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sábado, 19, septiembre, 2026
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La insinuante calidez de la literatura

La insinuante calidez de la literatura

Arreos personales. El verano se muestra como paréntesis vital, quizás la estación que mejor encarna como somos sin tarjetas de visita o disfraces profesionales. Días que se recrean y la luz alarga la tibieza. En esa brevedad se concentra la ilusión de un tiempo que no se puede substraer, soltándose los arreos que fijan la personalidad.

Estación placentera de tardes relajadas a la sombra del centenario pino que es capaz de posponer la premura, librando el fardo sobre las cansadas espaldas. Se cristaliza el pensamiento libre de la aspiración: la posibilidad de emprender otras sensaciones, cambiar de gustos, ingeniar deseos o desalojar las hojas amarillentas que impiden ver la vida real, más clara, más pura. Gotas de lluvia en los atardeceres grises de finales de agosto, la ocupación es desocuparse.

Las primeras nieblas mañaneras marcan el final del estío, aportan olor a humedad que caracteriza a la campiña petrerense. Septiembre tantea el ambiente entre un templado cielo de nubarrones aborregados. Los últimos chaparrones veraniegos se convierten en tenaces lloviznas anunciando la otoñada. La brisa de suave balanceo se desliza por las crestas arbóreas que desciende silbando por las quebradas.

Algo más que literatura. El paisaje de octubre colorea con formas y texturas, con una gama de verdes salpicado de dorados y ocres. Los rayos de sol condesan los vientos que mecen las copas de la arboleda. El fabuloso espectáculo anuncia elevar el telón para recrearse en la calidez.

Para entonces la literatura vale poco si no hay vida. Emoción y naturalidad son sentimientos que tienen que ver más con la vida que con la literatura, o si se prefiere, la enseñanza de saber que la literatura es algo más que simple literatura. Una frase de un desconsiderado en círculos literarios, incide de alguna manera, como fue el poeta Charles Baudelaire (Paris, 1821-1867), cuando expresó: -En la extensa numeración de los derechos del hombre que la sabiduría del siglo XIX reemprende frecuentemente, hay dos puntos muy importantes que han sido olvidados, que son el derecho a contradecirse y el derecho a irse-.

Fantástico o abrumador. La memoria comparece ante un antaño otoño, en el que se escribía cartas por correo convencional que tardaba días y en ocasiones semanas en llegar al destinatario. Pero internet ha logrado que el presente sea fantástico o abrumador. Al móvil llega por WhatsApp apremiantes noticias de sucesos, que pierden capacidad para leer los sentimientos, por la brevedad o rapidez del mensaje tecleado, y consigue cierta evocación por aquellos escritos de palabras imperecederas.

Siempre hay un espacio para pensar, con largos paseos por el exuberante campo o por el horizonte azulino de la playa, y poner en orden las ideas. Es un tiempo que no tiene precio y que se ha convertido en un artículo de lujo. Fue entonces cuando leí la entrevista del veterano actor Carlos Olalla que le hizo al director guionista austriaco Michael Haneke (Múnich, 1942), conversación que finalizaba de esta manera: -Sumergirse en el universo de Hanake es dejarse llevar a la esencia del ser humano, a todo lo que es, a lo que muestra y a lo que esconde, a lo que dice y a lo que calla, a lo que ama, a lo que odia y a todo eso que nos hace ser quienes somos.

En su cine no busques respuestas, solo hallaras preguntas, todas esas preguntas que no podrás dejar de hacerte si de verdad vives, si de verdad estas vivo y no eres un muerto viviente que transforma su vida en una simple espera de la muerte-.

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