Falta de respeto televisivo
No sé si a ustedes les pasará lo mismo o si será una manía
personal, pero estoy convencido de que en este país la televisión
le tiene muy poco respeto al espectador. Quizás sea por llamarla
durante tanto tiempo «caja tonta», pero con la actitud de las
grandes cadenas y el avance de las nuevas plataformas, me parece que
la vieja televisión tiene las horas contadas.
Esta opinión de la falta de respeto hacia el telespectador la
baso en tres hechos. El primero es la publicidad o, mejor dicho, la
gestión de los espacios publicitarios. Parecen haberse convertido en
costumbre habitual las estrategias maliciosas con respecto a los
descansos. Si se fijan, el modelo habitual es que comience un
programa y se retransmita una gran parte, quizás un cuarenta o
incluso un cincuenta por ciento, sin pausas publicitarias. Esto
permite enganchar al espectador sin que cambie de canal durante los
anuncios y encuentre algo más interesante.
Después, durante el
resto del programa, se acumulan las largas interrupciones, siendo
frecuente que una de éstas tenga lugar cuando apenas quedan unos
minutos para finalizar el programa. Los canales del grupo A3 Media
son especialmente hábiles en esta estrategia, a la que suman la de
hacer una pausa breve para volver al programa durante un minuto o
menos y lanzar a continuación un nuevo bloque publicitario. Resulta
de lo más tedioso.
El siguiente hecho que demuestra esta falta de respeto es la
programación en sí y sus horarios.
No me refiero al contenido o
tipo de programas, que tiene que haber para todos los gustos y a fin
de cuentas, si algo funciona es porque la gente lo ve. Pero fíjense
lo que hacen con la series de cualquier tipo. Que se repitan
episodios es habitual, incluso práctico, pero es que se hace al
tuntún, mezclando temporadas y como si se pusiera una lista de
reproducción en modo aleatorio. Y cuando estrenan series nuevas a
menudo es a altas horas de la noche o lanzando una retahíla de
capítulos nuevos que acabarán bien entrada la madrugada.
Los
horarios que propone la televisión no ayudan precisamente a la
conciliación de la vida laboral y familiar; no creo que los
programas se ajusten a los horarios de máxima audiencia, sino más
bien al contrario (aunque está claro que España es un país de
noctámbulos y no de madrugadores).
El tercer hecho, enlazando con este desprecio por los horarios, es
precisamente la impuntualidad. En este país no sirve de nada indicar
que un programa comienza a tal o cual hora porque, en verdad, lo hará
sólo cuando termine el programa anterior, sea la hora que sea.
Algunos canales son incluso capaces de prolongar este retraso con
anuncios sobre el programa o película que debería haber comenzado
diez minutos atrás. Los programas en directo pueden ser a menudo
responsables de estos retrasos, y creo que eso demuestra un fallo en
la realización, algo comprensible en los comienzos pero difícilmente
perdonable en programas que llevan años en antena y que insisten en
poner más contenidos de los que tienen tiempo de tratar, como si de
alguna forma pudiesen dilatar el tiempo a base de cabezonería. Las
series españolas, previamente grabadas y editadas, no son una
excepción y también demuestran a menudo un dudoso control del
tiempo.
En fin, creo que todo esto son ejemplos de una falta de respeto
terrible hacia los televidentes, los destinatarios últimos de la
publicidad que sustenta las cadenas de televisión. Pero en el fondo,
¿qué podemos esperar? La televisión puede entenderse como un
servicio que consumimos los espectadores, pero también como un
negocio donde los espectadores somos el producto: las cadenas ofrecen
a los anunciantes su producto, que es la audiencia, nosotros, y los
anunciantes compran el espacio, un determinado tiempo para exhibir su
mensaje.
Las nuevas tecnologías, sin embargo, están posibilitando
un nuevo modelo de ocio a la carta donde los espectadores somos
consumidores, y no producto. Los nuevos modelos de televisión no
sólo ofrecen mayor respeto, sino también una audiencia más fiel y
unos contenidos, a su vez, más fieles a su audiencia. Son el futuro,
y los canales tradicionales tendrán que adaptarse o quedar relegados
a un nicho minoritario.







