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jueves, 17, septiembre, 2026
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Falta de respeto televisivo

Falta de respeto televisivo

No sé si a ustedes les pasará lo mismo o si será una manía personal, pero estoy convencido de que en este país la televisión le tiene muy poco respeto al espectador. Quizás sea por llamarla durante tanto tiempo «caja tonta», pero con la actitud de las grandes cadenas y el avance de las nuevas plataformas, me parece que la vieja televisión tiene las horas contadas.


Esta opinión de la falta de respeto hacia el telespectador la baso en tres hechos. El primero es la publicidad o, mejor dicho, la gestión de los espacios publicitarios. Parecen haberse convertido en costumbre habitual las estrategias maliciosas con respecto a los descansos. Si se fijan, el modelo habitual es que comience un programa y se retransmita una gran parte, quizás un cuarenta o incluso un cincuenta por ciento, sin pausas publicitarias. Esto permite enganchar al espectador sin que cambie de canal durante los anuncios y encuentre algo más interesante.

Después, durante el resto del programa, se acumulan las largas interrupciones, siendo frecuente que una de éstas tenga lugar cuando apenas quedan unos minutos para finalizar el programa. Los canales del grupo A3 Media son especialmente hábiles en esta estrategia, a la que suman la de hacer una pausa breve para volver al programa durante un minuto o menos y lanzar a continuación un nuevo bloque publicitario. Resulta de lo más tedioso.
El siguiente hecho que demuestra esta falta de respeto es la programación en sí y sus horarios.

No me refiero al contenido o tipo de programas, que tiene que haber para todos los gustos y a fin de cuentas, si algo funciona es porque la gente lo ve. Pero fíjense lo que hacen con la series de cualquier tipo. Que se repitan episodios es habitual, incluso práctico, pero es que se hace al tuntún, mezclando temporadas y como si se pusiera una lista de reproducción en modo aleatorio. Y cuando estrenan series nuevas a menudo es a altas horas de la noche o lanzando una retahíla de capítulos nuevos que acabarán bien entrada la madrugada.

Los horarios que propone la televisión no ayudan precisamente a la conciliación de la vida laboral y familiar; no creo que los programas se ajusten a los horarios de máxima audiencia, sino más bien al contrario (aunque está claro que España es un país de noctámbulos y no de madrugadores).


El tercer hecho, enlazando con este desprecio por los horarios, es precisamente la impuntualidad. En este país no sirve de nada indicar que un programa comienza a tal o cual hora porque, en verdad, lo hará sólo cuando termine el programa anterior, sea la hora que sea.

Algunos canales son incluso capaces de prolongar este retraso con anuncios sobre el programa o película que debería haber comenzado diez minutos atrás. Los programas en directo pueden ser a menudo responsables de estos retrasos, y creo que eso demuestra un fallo en la realización, algo comprensible en los comienzos pero difícilmente perdonable en programas que llevan años en antena y que insisten en poner más contenidos de los que tienen tiempo de tratar, como si de alguna forma pudiesen dilatar el tiempo a base de cabezonería. Las series españolas, previamente grabadas y editadas, no son una excepción y también demuestran a menudo un dudoso control del tiempo.


En fin, creo que todo esto son ejemplos de una falta de respeto terrible hacia los televidentes, los destinatarios últimos de la publicidad que sustenta las cadenas de televisión. Pero en el fondo, ¿qué podemos esperar? La televisión puede entenderse como un servicio que consumimos los espectadores, pero también como un negocio donde los espectadores somos el producto: las cadenas ofrecen a los anunciantes su producto, que es la audiencia, nosotros, y los anunciantes compran el espacio, un determinado tiempo para exhibir su mensaje.

Las nuevas tecnologías, sin embargo, están posibilitando un nuevo modelo de ocio a la carta donde los espectadores somos consumidores, y no producto. Los nuevos modelos de televisión no sólo ofrecen mayor respeto, sino también una audiencia más fiel y unos contenidos, a su vez, más fieles a su audiencia. Son el futuro, y los canales tradicionales tendrán que adaptarse o quedar relegados a un nicho minoritario.

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