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lunes, 21, septiembre, 2026

La clase de Tai Chi

La clase de Tai Chi

Por: Isabel Cerdán de Frías

Amanece un nuevo día, me dirijo a ese lugar, al CEAM, ese lugar donde los “viejos” entran y salen marchando como pequeñas hormigas hacia su hormiguero; laboriosos, buscando su hueco para no dejarse caer, para no desfallecer. Entre ellos, yo misma, en ese camino iniciático hacia la vejez… en los albores de la misma.

Ya en la sala de Tai Chi, bañada por una intensa luz que penetra por los ventanales que admiran la rambla de Puça, se crea una atmósfera, un hilo invisible que nos une a las montañas, a la Sierra del Caballo, a la naturaleza. En ese clima de calidez, solidaridad, humanidad e historia empezamos a desplazarnos con suavidad, deslizándonos sobre el terrazo con leves movimientos que se acompasan con una bella música de fondo y las sugerentes y firmes palabras de Lola, la directora de este vetusto ballet.

Los guerreros bailarines están preparados para realizar la danza, un simulacro de lucha que obliga a estar atentos, a observar al otro e imitar sus movimientos, a observarse a sí mismo. Obliga a mirar afuera y adentro a la vez, a estar vigilantes y relajados al mismo tiempo para poder reproducir con exactitud los pasos de la “forma”, el “saludo al sol”, y los otros vaivenes a que nos invita esta disciplina. Todo ello, guiado por el ritmo que marca el paraguas de los “elementos” bajo los que se hacen.

Madera, metal, agua, fuego y tierra. Se habla, más bien poco, la palabra es en muchas ocasiones, el silencio. Ese silencio que nos hace estar ausentes para estar presentes, para que los cuerpos ejecuten movimientos que no se piensan, que están interiorizados y ejercen una especie de vuelo, donde parece que se está flotando, que se anda por las nubes, sobre todo en el paso que así se llama: “las nubes”. Se está acabando la clase, es el círculo, la figura perfecta, la que permite que se cierre el paseo marcial, elegante y dinámico.

Es tan importante poder “cerrar”, cerrar para poder abrir a otro lugar, a otro tiempo, a otro sentir. Es a través del puente de la relajación, de ese paréntesis entre la danza y la vida: de la cotidianidad, de la charla con las compañeras y amigas, de la rutina y del compromiso con la vida que permitirá ser más, siendo menos.

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