La clase de Tai Chi
Por: Isabel Cerdán de Frías
Amanece un nuevo día, me dirijo a ese lugar, al CEAM, ese lugar
donde los “viejos” entran y salen marchando como pequeñas
hormigas hacia su hormiguero; laboriosos, buscando su hueco para no
dejarse caer, para no desfallecer. Entre ellos, yo misma, en ese
camino iniciático hacia la vejez… en los albores de la misma.
Ya
en la sala de Tai Chi, bañada por una intensa luz que penetra por
los ventanales que admiran la rambla de Puça, se crea una atmósfera,
un hilo invisible que nos une a las montañas, a la Sierra del
Caballo, a la naturaleza. En ese clima de calidez, solidaridad,
humanidad e historia empezamos a desplazarnos con suavidad,
deslizándonos sobre el terrazo con leves movimientos que se
acompasan con una bella música de fondo y las sugerentes y firmes
palabras de Lola, la directora de este vetusto ballet.
Los guerreros
bailarines están preparados para realizar la danza, un simulacro de
lucha que obliga a estar atentos, a observar al otro e imitar sus
movimientos, a observarse a sí mismo. Obliga a mirar afuera y
adentro a la vez, a estar vigilantes y relajados al mismo tiempo para
poder reproducir con exactitud los pasos de la “forma”, el
“saludo al sol”, y los otros vaivenes a que nos invita esta
disciplina. Todo ello, guiado por el ritmo que marca el paraguas de
los “elementos” bajo los que se hacen.
Madera, metal, agua, fuego
y tierra. Se habla, más bien poco, la palabra es en muchas
ocasiones, el silencio. Ese silencio que nos hace estar ausentes para
estar presentes, para que los cuerpos ejecuten movimientos que no se
piensan, que están interiorizados y ejercen una especie de vuelo,
donde parece que se está flotando, que se anda por las nubes, sobre
todo en el paso que así se llama: “las nubes”. Se está acabando
la clase, es el círculo, la figura perfecta, la que permite que se
cierre el paseo marcial, elegante y dinámico.
Es tan importante
poder “cerrar”, cerrar para poder abrir a otro lugar, a otro
tiempo, a otro sentir. Es a través del puente de la relajación, de
ese paréntesis entre la danza y la vida: de la cotidianidad, de la
charla con las compañeras y amigas, de la rutina y del compromiso
con la vida que permitirá ser más, siendo menos.