II Jornada Mundial de los pobres
El Consejo Pastoral de la Parroquia de San Bartolomé de Petrer,
decide publicar en este medio unas citas del mensaje del Papa
Francisco en la II Jornada Mundial de los Pobres (18 de noviembre de
2018)
“Se nos dice, ante todo, que el Señor escucha los pobres que
claman a Él y que es bueno con aquellos que buscan refugio en Él
con el corazón destrozado por la tristeza, la soledad y la
exclusión. Escucha a cuantos son atropellados en su dignidad y, a
pesar de ello, tienen la fuerza de alzar su mirada hacia lo alto para
recibir luz y consuelo.
Escucha a aquellos que son perseguidos en
nombre de una falsa justicia, oprimidos por políticas indignas de
este nombre y atemorizados por la violencia; y aun así saben que en
Dios tienen a su Salvador La condición de pobreza no se agota en una
palabra, sino que se transforma en un grito que atraviesa los cielos
y llega hasta Dios.
¿Qué expresa el grito del pobre si no es su
sufrimiento y soledad, su desilusión y esperanza? Podemos
preguntarnos: ¿cómo es que este grito, que sube hasta la presencia
de Dios, no alcanza a llegar a nuestros oídos, dejándonos
indiferentes e impasibles? En una Jornada como esta,
estamos llamados a hacer un serio examen de conciencia para darnos
cuenta si realmente hemos sido capaces de escuchar a los pobres. A
menudo me temo que tantas iniciativas, aunque de suyo meritorias y
necesarias, estén dirigidas más a complacernos a nosotros mismos
que a acoger el clamor del pobre.
En tal caso, cuando los pobres
hacen sentir su voz, la reacción no es coherente, no es capaz de
sintonizar con su condición. Se está tan atrapado en una cultura
que obliga a mirarse al espejo y a cuidarse en exceso, que se piensa
que un gesto de altruismo bastaría para quedar satisfechos, sin
tener que comprometerse directamente. La Jornada Mundial de los
Pobres pretende ser una pequeña respuesta que la Iglesia
entera, extendida por el mundo, dirige a los pobres de todo tipo y de
toda región para que no piensen que su grito se ha perdido en el
vacío.
Los pobres no necesitan un acto de delegación, sino del
compromiso personal de aquellos que escuchan su clamor. La solicitud
de los creyentes no puede limitarse a una forma de asistencia – que
es necesaria y providencial en un primer momento –, sino que exige
esa «atención amante» (Exhort. ap. Evangelii gaudium, 199)
que honra al otro como persona y busca su bien. El pobre de la Biblia
vive con la certeza de que Dios interviene en su favor para
restituirle dignidad.
La pobreza no es buscada, sino creada por el
egoísmo, el orgullo, la avaricia y la injusticia. Son innumerables
las iniciativas que diariamente emprende la comunidad cristiana para
dar un signo de cercanía y de alivio a las variadas formas de
pobreza que están ante nuestros ojos. A menudo la colaboración con
otras realidades, que no están motivadas por la fe sino por la
solidaridad humana, hace posible brindar una ayuda que solos no
podríamos realizar. Reconocer que, en el inmenso mundo de la
pobreza, nuestra intervención es también limitada, débil e
insuficiente hace que tendamos la mano a los demás, de modo que la
colaboración mutua pueda alcanzar el objetivo de manera más eficaz.
Nos mueve la fe y el imperativo de la caridad, pero sabemos reconocer
otras formas de ayuda y solidaridad que, en parte, se fijan los
mismos objetivos; siempre y cuando no descuidemos lo que nos es
propio, a saber, llevar a todos hacia Dios y a la santidad. El
diálogo entre las diversas experiencias y la humildad en el prestar
nuestra colaboración, sin ningún tipo de protagonismo, es una
respuesta adecuada y plenamente evangélica que podemos realizar.
Aquí se comprende cuánta distancia existe entre nuestro modo de
vivir y el del mundo, el cual elogia, sigue e imita a quienes tienen
poder y riqueza, mientras margina a los pobres, considerándolos un
desecho y una vergüenza. .Una palabra de esperanza se convierte en
el epílogo natural al que conduce la fe.
Con frecuencia son
precisamente los pobres los que ponen en crisis nuestra indiferencia,
hija de una visión de la vida en exceso inmanente y atada al
presente. El grito del pobre es también un grito de esperanza con el
que manifiesta la certeza de ser liberado. La esperanza fundada sobre
el amor de Dios que no abandona a quien en Él confía (cf. Rom 8,
31-39)”. Vaticano, 13 de junio de 2018 Memoria litúrgica de San
Antonio de Padua







