Aniversario animalista
Si
mi errática memoria no desvaría, se cumple por estas fechas el
aniversario de un hecho trascendente al que los MMCC de proximidad
hace años dejaron de prestar atención. El Ayuntamiento, en sesión
plenaria, aprobó por unanimidad el declarar a Petrer como “Municipio
que respeta a los animales”.
Calculo por tanto 30 años de aquella
iniciativa que, Maruja Cortés y Herminia Amat, junto a otras
personas proto-animalistas, tuvieron la acertada idea de promover
-como símbolo singular de convivencia- el institucionalizar un
sentimiento racional de valoración de cualquier animal como
compañero vital en una sociedad civilizada, educadora, respetable y
tolerante. Alguna que otra controversia se desataba por momentos,
porque había gente que valoraba como un derecho adquirido,
visualizable como tradición, el que la vida y la “dignidad” de
los animales debía estar subordinada a la de las personas, a un
pretendido derecho de superioridad en todos los órdenes, y a una
posición de poder tomarse la libertad de sometimiento sin límite.
Afortunadamente, se guardaron los extremismos en la despensa de la
sensatez, y la concordia entre distintos pareceres se sobrepuso al
alarmismo de quienes consideraban una limitación de sus derechos
ancestrales. En algún foro o en simples conversaciones cotidianas,
propuse que en las entradas a la población se instalaran llamativos
carteles alusivos a este hecho: “Está entrando en Petrer,
municipio que respeta a los animales”. La propuesta no tuvo eco,
pero el fin estaba conseguido: Ya no hubieron corridas de toros; ya
no se permitió instalar plazas de toros desmontables; ya no hubo
“toro embolado”.
Actualmente, cualquier ciudadano debe
congratularse de que Laura Ibáñez, de “Gatitos en apuros”,
escriba en El Carrer con cierta frecuencia, artículos relacionados
con el sentimiento racional de respeto hacia los seres vivos. Ello va
calando en el sentir de la ciudadanía, particularmente en los más
pequeños y, a falta de otras iniciativas que podrían implementarse,
aporta por sí misma unas pinceladas de sentido común y de dignidad
ciudadana, que van transformando en positivo creciente la mirada
cálida y complacida hacia cualquier animal de nuestra cercanía.
Con
cada escrito, me hace recordar aquella visión de mi abuelo Manolo,
sentado en la mesa camilla al calor del brasero, enrollado con su
manta, acurrucando en su regazo a uno de los tres gatos, al que le
acariciaba el lomo sin cesar, dormitando ambos en comunión
irrenunciable durante las eternas tardes de invierno. De cuando en
cuando, los otros dos saltaban sobre él buscando su parte de cariño,
porque también reclamaban el sentirse queridos. Allí aprendí el
valor inestimable de la sensación vitalista de cercanía que nos
aportan los animales: cualquier animal. Tan solo su presencia ya nos
hace sentirnos acompañados y queridos.