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jueves, 17, septiembre, 2026

Aniversario animalista

Aniversario animalista

Si mi errática memoria no desvaría, se cumple por estas fechas el aniversario de un hecho trascendente al que los MMCC de proximidad hace años dejaron de prestar atención. El Ayuntamiento, en sesión plenaria, aprobó por unanimidad el declarar a Petrer como “Municipio que respeta a los animales”.

Calculo por tanto 30 años de aquella iniciativa que, Maruja Cortés y Herminia Amat, junto a otras personas proto-animalistas, tuvieron la acertada idea de promover -como símbolo singular de convivencia- el institucionalizar un sentimiento racional de valoración de cualquier animal como compañero vital en una sociedad civilizada, educadora, respetable y tolerante. Alguna que otra controversia se desataba por momentos, porque había gente que valoraba como un derecho adquirido, visualizable como tradición, el que la vida y la “dignidad” de los animales debía estar subordinada a la de las personas, a un pretendido derecho de superioridad en todos los órdenes, y a una posición de poder tomarse la libertad de sometimiento sin límite.

Afortunadamente, se guardaron los extremismos en la despensa de la sensatez, y la concordia entre distintos pareceres se sobrepuso al alarmismo de quienes consideraban una limitación de sus derechos ancestrales. En algún foro o en simples conversaciones cotidianas, propuse que en las entradas a la población se instalaran llamativos carteles alusivos a este hecho: “Está entrando en Petrer, municipio que respeta a los animales”. La propuesta no tuvo eco, pero el fin estaba conseguido: Ya no hubieron corridas de toros; ya no se permitió instalar plazas de toros desmontables; ya no hubo “toro embolado”.

Actualmente, cualquier ciudadano debe congratularse de que Laura Ibáñez, de “Gatitos en apuros”, escriba en El Carrer con cierta frecuencia, artículos relacionados con el sentimiento racional de respeto hacia los seres vivos. Ello va calando en el sentir de la ciudadanía, particularmente en los más pequeños y, a falta de otras iniciativas que podrían implementarse, aporta por sí misma unas pinceladas de sentido común y de dignidad ciudadana, que van transformando en positivo creciente la mirada cálida y complacida hacia cualquier animal de nuestra cercanía.

Con cada escrito, me hace recordar aquella visión de mi abuelo Manolo, sentado en la mesa camilla al calor del brasero, enrollado con su manta, acurrucando en su regazo a uno de los tres gatos, al que le acariciaba el lomo sin cesar, dormitando ambos en comunión irrenunciable durante las eternas tardes de invierno. De cuando en cuando, los otros dos saltaban sobre él buscando su parte de cariño, porque también reclamaban el sentirse queridos. Allí aprendí el valor inestimable de la sensación vitalista de cercanía que nos aportan los animales: cualquier animal. Tan solo su presencia ya nos hace sentirnos acompañados y queridos.

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