Hasta siempre, abuela
Almudena Blasco
Mi abuela Lola nació en su casa, que es donde entonces se nacía,
en la calle París, ahora calle la Boquera, en el casco antiguo de
Petrer un 19 de agosto de 1931. Creció sin padre, pues éste faltó
cuando ella solo contaba con un año. Siempre me decía que la
envidia era algo muy malo pero que ella nunca había podido evitar
envidiar a las niñas que tenían padre.
A dos de sus hermanos se los
llevó alguna enfermedad infantil de la época cuando eran bien
pequeños y su madre se fue junto a su padre, tras una larga
hospitalización, teniendo ella 17 años. Y entonces mi abuela se
quedó huérfana en un país sumido en una durísima posguerra que
marcó de escasez y penurias su infancia y adolescencia. Contaba que
una vez cambió un trozo de pan por un molinillo de papel, lo que le
costó una buena reprimenda de su hermana Teresa, a la que le tocó
ser más madre que hermana para ella.
Cuando tenía 8 o 9 años
emigraron a Madrid, pues en Petrer no había trabajo ni comida para
quienes no tenían tierras, ni siquiera llegaban los recursos de la
cartilla de racionamiento, pues parece ser que se los quedaban los
caciques del pueblo. Ella vivió interna en un colegio de monjas, del
que nada bueno me contó, aunque ésto no le impidió ser creyente y
practicante toda su vida. Mi abuela no era de meter a todos en el
mismo saco, era una de sus muchas virtudes.
En uno de sus viajes a
Petrer, para visitar a la familia, conoció al que sería el amor de
su vida, mi abuelo Santiago. Fueron novios por correspondencia y
aunque se hizo de rogar, porque así había que hacerlo, tras muchas
cartas llenas de poemas la enamoró, y así es como mi abuela se casó
con su primer novio a los 22 años, cual película romántica de
Hollywood. Estuvieron juntos toda la vida, hasta que la hora de mi
abuelo llegó, y ahora nuevamente se reencuentran para toda la
eternidad.
Mi abuelo era una persona carismática, como bien sabrá
quien lo conocía y mi abuela de alguna manera vivió a su sombra.
Pero la sombra no existe, lo que llamamos sombra solo es la luz que
no se ve, y mi abuela era pura luz. Mi abuela Lola no presidió
ninguna asociación, no fue pionera en nada, pero eso no la hace
menos importante en el entramado social. Mi abuela fue el motor de su
familia y supo vivir con amor y generosidad absoluta una vida que la
trató más bien regular, y eso solo es propio de la gente
importante.
A mí me encantaba escuchar sus historias, una vida como
la suya dio para muchas. Una vez me contó cómo una vecina de su
madre, aquí en Petrer, la quiso comprar. Sí, comprar. Mi bisabuela
era viuda, pobre y con 5 criaturas a su cargo. Su vecina no podía
tener hijos, y de vez en cuando ayudaba a mi bisabuela cuidando de
ella. Mi abuela debió ser un bebé precioso, incluso cuando más
hambre pasó siempre estuvo “rellenita” como ella misma me decía.
El caso es que mi bisabuela se negó a vender a su hija y ella sola
sacó adelante a sus cinco hijos, otra grande: Gabina Manso. Mi
abuela acababa esta historia diciéndome: -Qué buena y valiente mi
madre, ¿verdad? Que pudo venderme con lo que estaría pasando la
pobre, y no lo hizo.
Es que no hay amor más grande que el de una
madre, ya lo entenderás. Y sí, por fin lo
entiendo abuela. Solo espero saber trasmitir a mi hija un retazo de
lo que fueron sus ancestras, para que cuando la vida la ponga en
jaque recuerde de donde viene y sepa que en nuestra familia eso de
rendirse no es una opción. Gracias abuela, gracias por tu legado,
por tus cuidados, por tu amor, por tu fuerza y por tus enseñanzas.
Es un orgullo ser parte de ti y tú siempre serás parte importante
de nosotras. D.E.P
Nota: Me gustaría aprovechar este espacio para
agradecer las múltiples muestras de cariño que hemos recibido toda
la familia durante estos días. GRACIAS PETRER.







