Dignidad y lucha de las mujeres
La mujer ha sido relegada históricamente en todos los ámbitos,
también en el laboral. El paro y la precariedad tienen hoy rostro de
mujer. La segregación ocupacional (empleos de chicas y de chicos) y
las diferencias salariales siguen ahí. Teresa García Gómez.
Persisten todavía hoy muchas de las barreras impuestas
sistemáticamente a la mujer en razón de su género, a pesar de que
la mayoría de la sociedad (somos la mitad de la humanidad), empieza
a tomar conciencia de que la dignidad es innata en todas las
personas. El trabajo es el medio de participación social y política
por excelencia, la garantía de acceso efectivo a los derechos y los
servicios y prestaciones públicos.
El desigual acceso al empleo
tiene consecuencias negativas muy importantes para todas las mujeres.
Buena parte de este empleo se ha concentrado en unos pocos sectores
económicos que, no por casualidad, presentan peores condiciones de
trabajo y salarios menores, como el comercio minorista, la hostelería
o la limpieza. La incorporación de la mujer al trabajo no ha tenido,
sin embargo, el efecto de equilibrar el reparto del trabajo
doméstico.
Las mujeres le dedican una hora más al día. Incluso
cuando es la única sustentadora de la economía familiar. Sobre la
población femenina sigue recayendo abrumadoramente la
responsabilidad de los cuidados. El 89% de las personas que optan
voluntariamente a un trabajo parcial son mujeres, que soportan la
imposibilidad de una conciliación entre el trabajo y la familia.
El
criterio que rige la concepción del trabajo donde se prima la
producción y el máximo beneficio ante la vida y la dignidad de las
personas, pretende naturalizar unas actitudes y un sistema económico
que acrecientan las desigualdades sociales y laborales entre los
hombres y las mujeres. En pleno siglo XXI, continúa la violencia
verbal y física que padecemos las mujeres y que lleva a grandes
feminicidios (crimen de odio: el asesinato de una mujer por el hecho
de serlo), sobre todo en un contexto cultural discriminatorio, es
decir, en los sectores más pobres y desprotegidos.
Como comunidad
creyente estamos llamadas a construir unas condiciones de vida justas
y dignas que sean lugar de salvación y liberación. Lucía Ramón
nos lo recuerda en su libro Queremos el pan y las rosas: “Las
religiones y espiritualidades de liberación alientan en su lucha por
el pan y las rosas a millares de mujeres en todo el mundo y potencian
su hambre y su sed de una justicia mayor, su autonomía y su
creatividad espiritual, artística y ético-política”.
Con una
mirada de esperanza vemos el camino andado y aunque nos queda mucho
por reconstruir, queremos que sea un camino comunitario, de todas las
mujeres y de todos los hombres, solo de esa manera podremos devolver
a la persona su condición de ser sagrado y su espacio natural en una
sociedad democrática.
Fuente: Revista TÚ, nº febrero-marzo 2019
(HOAC)







