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sábado, 19, septiembre, 2026
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Dignidad y lucha de las mujeres

Dignidad y lucha de las mujeres

La mujer ha sido relegada históricamente en todos los ámbitos, también en el laboral. El paro y la precariedad tienen hoy rostro de mujer. La segregación ocupacional (empleos de chicas y de chicos) y las diferencias salariales siguen ahí. Teresa García Gómez.

Persisten todavía hoy muchas de las barreras impuestas sistemáticamente a la mujer en razón de su género, a pesar de que la mayoría de la sociedad (somos la mitad de la humanidad), empieza a tomar conciencia de que la dignidad es innata en todas las personas. El trabajo es el medio de participación social y política por excelencia, la garantía de acceso efectivo a los derechos y los servicios y prestaciones públicos.

El desigual acceso al empleo tiene consecuencias negativas muy importantes para todas las mujeres. Buena parte de este empleo se ha concentrado en unos pocos sectores económicos que, no por casualidad, presentan peores condiciones de trabajo y salarios menores, como el comercio minorista, la hostelería o la limpieza. La incorporación de la mujer al trabajo no ha tenido, sin embargo, el efecto de equilibrar el reparto del trabajo doméstico.

Las mujeres le dedican una hora más al día. Incluso cuando es la única sustentadora de la economía familiar. Sobre la población femenina sigue recayendo abrumadoramente la responsabilidad de los cuidados. El 89% de las personas que optan voluntariamente a un trabajo parcial son mujeres, que soportan la imposibilidad de una conciliación entre el trabajo y la familia.

El criterio que rige la concepción del trabajo donde se prima la producción y el máximo beneficio ante la vida y la dignidad de las personas, pretende naturalizar unas actitudes y un sistema económico que acrecientan las desigualdades sociales y laborales entre los hombres y las mujeres. En pleno siglo XXI, continúa la violencia verbal y física que padecemos las mujeres y que lleva a grandes feminicidios (crimen de odio: el asesinato de una mujer por el hecho de serlo), sobre todo en un contexto cultural discriminatorio, es decir, en los sectores más pobres y desprotegidos.

Como comunidad creyente estamos llamadas a construir unas condiciones de vida justas y dignas que sean lugar de salvación y liberación. Lucía Ramón nos lo recuerda en su libro Queremos el pan y las rosas: “Las religiones y espiritualidades de liberación alientan en su lucha por el pan y las rosas a millares de mujeres en todo el mundo y potencian su hambre y su sed de una justicia mayor, su autonomía y su creatividad espiritual, artística y ético-política”.

Con una mirada de esperanza vemos el camino andado y aunque nos queda mucho por reconstruir, queremos que sea un camino comunitario, de todas las mujeres y de todos los hombres, solo de esa manera podremos devolver a la persona su condición de ser sagrado y su espacio natural en una sociedad democrática.
Fuente: Revista TÚ, nº febrero-marzo 2019 (HOAC)

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