Sobre perros y algo más
La mañana es calurosa. Y es que, en pleno mes de agosto…, ya se
sabe. Con el libro “Mi manera de pensar”, escrito por quien me
aficionó a expresar mis inquietudes por medio de la escritura (me
refiero a Enrique Amat Payá), en transistor y una botella de agua
fresca, todo dentro de una bolsita de mano, me dirijo a la “Pinada
de Villaplana” a sentarme en un banco que evite la entrada del sol
por entre los pinos y me dispongo a leer, no se por cuánta vez,
algunos capítulos del libro comentado.
De pronto, unos fuertes
ladridos a mi alrededor alteran mi tranquilidad. Un perro suelto, más
bien grande, estaba como queriendome echar de donde estaba. Ante
tales ladridos, su dueño viene hacia él, lo sujeta con la correa y
me tranquiliza con un “Ladra pero es muy bueno, no hace nada”. Yo
le digo que en cierta ocasión me dijeron lo mismo y tengo de ello un
desagradable recuerdo. No sé por qué dejo de leer y, recordando los
años de mi infancia vividos en la calle Luis Chorro o de “font de
la Pintora”, calle que comienza en el estanco Millá y que tenía
accesos, entre otros, al “Derrocat”, a la “Central de la llum”
y de “Teléfonos”, a la “Bassa Fonda”, al “Llavaó” y al
“Hort del Tio Maso”, me viene a la memoria que…
En nuestro
pueblo, con más o menos seis mil habitantes a finales de los años
cuarenta, era raro ver algún perro suelto por sus calles. Los pocos
que había eran de los cazadores, de algunas fábricas o de algún
particular, todos ellos bien cuidados y que pasaban desapercibidos
por los habitantes del pueblo. Los perros “callejeros” eran otra
cuestión. Había personas a las que se les llamaba “perreros”
que hasta eran contratados por los municipios para eliminarlos, y es
que se dedicaban a ello.
Un palo largo con una lazada y algo de comer
para engañarlos, eran las “herramientas” de las que se servían
para atraparlos, llevarlos al huerto del que hacemos referencia y
allí alguien se encargaba de sacrificarlos. Si hoy nos produce
estupor este epiosodio, en aquella época cuanto más, se prestaba a
algunos comentarios despectivos como este “Eixe gos ia no mossegará
a ningú” y, hasta algunas mujeres que acudían a lavar la ropa o
fregar sus cacharrros al “llavaó” y los pequeños del lugar,
veíamos expectantes semejante crueldad.
Cuánto ha cambiado la
situación desde entonces. De acosar hasta el sacrificio al perro
abandonado al albur por algún dueño irresponsable, al haberlos
encumbrado hasta el punto que hoy no es el perro el mejor amigo del
hombre, es el hombre el mejor amigo del perro. Ciertamente se han
invertido los términos. Verdad que aportan un bien social; Drogas,
acompañamiento a invidentes, compañía de muchos, guardianes de
campos o simplemente el deseo de tenerlos y cuidarlos.
Pero de la
crueldad que nos hemos referido hemos pasado a ciertas actitudes
ciudadanas que dejan la “huella” del paso de sus perros por las
calles, aunque hay otras más importantes que debieran ser revisadas
por aquellos (por fortuna aún son los menos) que rebajan la relación
y el trato con las personas, encumbrando en demasía a sus “mejores
amigos” porque, poco a poco, estaremos conformando una sociedad que
sustituya y desvíe la afectividad que nos debemos dar y que hemos de
valorar en sus justos términos.