Esa mano que mece la cuna
La educación no depende de la
edad, del patrimonio o de la profesión de cada persona. Obedece a la
cualidad de aprendizaje, que se le hayan transmitido, incluso dicen
que mayoritariamente si se ha ejercitado. A pesar de haber podido
convivir en un entorno de respeto y educación hay quien lo rechaza
para de esa manera poner en práctica conductas impropias, de
intolerancia o de ofuscación en los modales y formas de menospreciar
a las personas.
Además es el principio de otros factores que
desembocan en el ejercicio de la intimidación en los distintos
órdenes de la vida donde se relaciona. Suele empezar por la mala
educación con gestos, expresiones verbales o actitudes carentes de
afinidad hacia los demás, y en ocasiones, se acaba con el ejercicio
de la violencia psicológica que, por supuesto, ejecuta un
subordinado. Es una conducta rechazable socialmente y que urge sea
advertida y denunciada en el entorno social. La mera mala educación
tiene un reproche social hacia quien la ejerce, sin embargo, la
violencia como aditamento a esa conducta, tiene una amonestación
penal por el Estado de Derecho.
Se hace necesaria una protección
para la ciudadanía ante las malas acciones y conductas que son
entendidas como actos de nocivo ejercicio hacia los seres humanos y
de su bienestar mental. Aunque debemos recordar que el hecho de que
existan diligencias que no tengan una corrección penal, al menos,
deben tener una advertencia colectiva para quien actúa
deficitariamente. La carencia de educación se manifiesta en
determinados momentos del día, mediante actos reprochables como
propagar la voz a trabajadores de cualquier centro como si se
trataran de inferiores, el menosprecio de un superior a sus empleados
o subordinados jerárquicamente en centros privados y públicos para
intentar que se acepten determinadas reivindicaciones que imponga su
voluntad por encima de reglas.
Ciertas formas en el uso de los
canales digitales son dirigidas para menospreciar a quien se ponga
por delante, vituperarlos o criticarlos vilmente, y siempre desde el
anonimato. Por otro lado, no participo de las redes sociales ni como
persona pública ni en privado. Pero como vuelven a repetir las
andanzas, después de casi tres años en las páginas del Carrer nº
1121, ya les invitaba para conocernos debidamente, que es como se
hacen las cosas. Según transcribimos:-Seria propio conocer de
primera mano lo que a los demás se dice de este servidor y que en
ocasiones me llega a través de terceras personas. Sería adecuado
hacerlo a través de este medio de comunicación.
Si es así, dé
por hecho que les contestaré, sólo tiene que reseñar su nombre y
apellidos y exhibir su D.N.I a la dirección de El Carrer…-.
(Poveda, 2016:31). La pretensión de imponer su criterio convierte, a
este tipo de pergeño, en símbolo de la teoría que estamos
enfatizando, donde no admite opiniones técnicas contrarias a la
suya. No reconoce obligaciones, sino solamente derechos, y en no
aceptarlo se encuentra el germen de la dictadura. Así están las
cosas, de quien ejerce la mala educación y la soberbia como escudo,
no admitiendo posicionamientos opuestos a los suyos.
No es extraño,
que estas actitudes provoque un desgaste social, exigiendo que la
sociedad le ponga coto de alguna manera para que postule el
mantenimiento del respeto y la educación, como ejercicio que presida
la conducta de las personas. Hay que evitar, esa mano que mece la
cuna del totalitarismo psicológico, ejerciendo la mala educación
tanto a escala personal, como en la empresa, en la política o en el
estamento festero.
Quisiera terminar citando una de las dos caras
que lo define, según el poemario Self-Pity del escritor inglés
David Herbert Lawrence (1885-1930): -Nunca vi un ser salvaje sentir
pena de sí mismo…-. .







