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lunes, 21, septiembre, 2026

Esa mano que mece la cuna

Esa mano que mece la cuna

La educación no depende de la edad, del patrimonio o de la profesión de cada persona. Obedece a la cualidad de aprendizaje, que se le hayan transmitido, incluso dicen que mayoritariamente si se ha ejercitado. A pesar de haber podido convivir en un entorno de respeto y educación hay quien lo rechaza para de esa manera poner en práctica conductas impropias, de intolerancia o de ofuscación en los modales y formas de menospreciar a las personas.

Además es el principio de otros factores que desembocan en el ejercicio de la intimidación en los distintos órdenes de la vida donde se relaciona. Suele empezar por la mala educación con gestos, expresiones verbales o actitudes carentes de afinidad hacia los demás, y en ocasiones, se acaba con el ejercicio de la violencia psicológica que, por supuesto, ejecuta un subordinado. Es una conducta rechazable socialmente y que urge sea advertida y denunciada en el entorno social. La mera mala educación tiene un reproche social hacia quien la ejerce, sin embargo, la violencia como aditamento a esa conducta, tiene una amonestación penal por el Estado de Derecho.

Se hace necesaria una protección para la ciudadanía ante las malas acciones y conductas que son entendidas como actos de nocivo ejercicio hacia los seres humanos y de su bienestar mental. Aunque debemos recordar que el hecho de que existan diligencias que no tengan una corrección penal, al menos, deben tener una advertencia colectiva para quien actúa deficitariamente. La carencia de educación se manifiesta en determinados momentos del día, mediante actos reprochables como propagar la voz a trabajadores de cualquier centro como si se trataran de inferiores, el menosprecio de un superior a sus empleados o subordinados jerárquicamente en centros privados y públicos para intentar que se acepten determinadas reivindicaciones que imponga su voluntad por encima de reglas.

Ciertas formas en el uso de los canales digitales son dirigidas para menospreciar a quien se ponga por delante, vituperarlos o criticarlos vilmente, y siempre desde el anonimato. Por otro lado, no participo de las redes sociales ni como persona pública ni en privado. Pero como vuelven a repetir las andanzas, después de casi tres años en las páginas del Carrer nº 1121, ya les invitaba para conocernos debidamente, que es como se hacen las cosas. Según transcribimos:-Seria propio conocer de primera mano lo que a los demás se dice de este servidor y que en ocasiones me llega a través de terceras personas. Sería adecuado hacerlo a través de este medio de comunicación.

Si es así, dé por hecho que les contestaré, sólo tiene que reseñar su nombre y apellidos y exhibir su D.N.I a la dirección de El Carrer…-. (Poveda, 2016:31). La pretensión de imponer su criterio convierte, a este tipo de pergeño, en símbolo de la teoría que estamos enfatizando, donde no admite opiniones técnicas contrarias a la suya. No reconoce obligaciones, sino solamente derechos, y en no aceptarlo se encuentra el germen de la dictadura. Así están las cosas, de quien ejerce la mala educación y la soberbia como escudo, no admitiendo posicionamientos opuestos a los suyos.

No es extraño, que estas actitudes provoque un desgaste social, exigiendo que la sociedad le ponga coto de alguna manera para que postule el mantenimiento del respeto y la educación, como ejercicio que presida la conducta de las personas. Hay que evitar, esa mano que mece la cuna del totalitarismo psicológico, ejerciendo la mala educación tanto a escala personal, como en la empresa, en la política o en el estamento festero.

Quisiera terminar citando una de las dos caras que lo define, según el poemario Self-Pity del escritor inglés David Herbert Lawrence (1885-1930): -Nunca vi un ser salvaje sentir pena de sí mismo…-. .

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