Tiempo de mirarnos el ombligo
Mario Lorenzo / Sin duda alguna, la vida nos ha brindado un gran momento para, por
una vez, ser egocéntricos, para recrearnos mirándonos nuestro
ombligo y darnos cuenta, que, como a todo el mundo, queramos o no,
también se nos llena de pelusilla, de mierdecilla que debemos
quitarnos de vez en cuando y, obviamente, sin necesidad de hacer
alarde de ella.
El caso es que el otro día, a punto de dormir,
todavía con ánimo de echar un último vistazo al móvil (error),
llegó a mis manos un artículo de opinión titulado “El otro
virus: la política rastrera”. Debo confesar que, entre lo poco que
he leído en estos tiempos de gratuidad retórica y viperina, la
reflexión logró atraparme hasta el final, ya que su autor había
sabido expresar con las palabras justas y exactas mi opinión.
En
pocas palabras, ponía el acento en todos los “expertos”,
“profetas”, “intelectuales”, “cerebritos”… que, en
estos tiempos difíciles, se han multiplicado como las setas en las
redes sociales y en los medios de comunicación, en el mejor de los
casos, con predicciones al estilo Nostradamus y soluciones
infalibles; y, en el peor, con un “hablar por hablar” con dardos
envenenados a modo de bulos, fakes, memes o, simplemente, críticas
de “cuñao”.
Y, lo más preocupante, sin duda, que muchos de esos
“eruditos” son políticos que (abro paréntesis, me da
exactamente igual el color de su piel política), precisamente,
deberían estar dando ejemplo de unidad, de comprensión, de apoyo y
de solidaridad, en vez de dedicarse a escupir lo primero que se les
pasa por la cabeza o, peor, discursos elaborados fehacientemente en
un retorcido ejercicio de ¿maldad?
Políticos, expertos reales,
ciudadanos de a pie o cualquier persona que se tercie, debemos ser
conscientes, ahora más que nunca que contamos con el tiempo para la
reflexión, que, como humanos, somos seres imperfectos, con luces,
pero también con muchas sombras –como esa mierdecilla que nos
aparece en el ombligo-; y precisamente esas sombras, de las que no
nos libramos ninguno, deberían servirnos para, precisamente,
potenciar nuestras luces: la empatía, la solidaridad, el
entendimiento, la cooperación…
Si, cuando todo esto pase –que,
tarde o temprano, pasará- queremos recordar este momento de alguna
forma, mejor que lo hagamos por todo lo que nos unió y nos hizo
tirar hacia delante, que por las balas impregnadas de “mierda”
que nos lanzamos los unos a los otros.
En definitiva, permitiéndome
la osadía de contradecir a San Ignacio de Loyola, “en tiempos de
desolación, siempre hacer cambios”, pero siempre que sean para
bien, para convertirnos en mejores personas, en una humanidad más
humana.