Rescates
Rescato, en esta tarde oscura de miércoles de retiro, desangelada
y huidiza, una sencilla viñeta del incomparable El Roto, en el que
un columpio desocupado y solitario, se mece huérfano de ocupantes,
ornado con un certero dardo textual: “Los columpios se balancean
añorando niños…”
La fecha del periódico es archiconocida en
esta tierra: 14 de mayo de 2017. Mientras timbales, clarinetes y
trompeterías atronaban las calles festeras de nuestro centro
tradicional, los columnistas vertían en sus agudos análisis la
preocupación del envejecimiento poblacional junto a algunas
propuestas que pretendían la búsqueda de soluciones para invertir
el frenazo demográfico en nuestra complaciente sociedad actual.
Ahora, tres años más tarde, de nuevo los columpios de los parques
públicos lloran su orfandad, ahora sin metáforas, víctimas (no sé
si necesarias) de unas discutibles disposiciones dictadas por
nuestras autoridades, que depositan sobre nuestros más pequeños el
estigma acusador de poder ser transmisores inocentes de un virus que
nos está cambiando la vida.
Con razón o sin ella, percibimos desde
el grueso de la sociedad civil una continuada contienda de
diagnósticos y contradiagnósticos, de medidas y contramedidas, de
aciertos y de errores que, en ocasiones, lejos de tranquilizarnos,
nos mueve el ánimo por un itinerario paralelo que nos conduce, con
fuerza semejante, hacia la angustia o hacia el escepticismo.
En lucha
desigual, los negacionistas y los alarmistas pugnan por establecer
sus desorientados argumentos como pruebas inequívocas para conceder
una interpretación correcta de lo que acontece. En medio, la
ciudadanía sigue esperando repuestas certeras y definitivas de
quienes nos las pueden dar, que no son otros que nuestros sanitarios
y nuestros científicos. En esta amplia horquilla, la clase política
desorientada, esa que -pretendidamente y por estar ocupando un cargo-
saben de todo y saben más que nadie, acuden siempre con notable
retraso a establecer normas que más se asemejan a una puesta en
escena que al ejercicio de un liderazgo firme, veraz y decisivo ante
este desastre que nos ocupa y nos conmueve a todos.
Todos opinamos
sobre lo que los Medios han querido trasladarnos, en un juego
ridículo de porcentajes, estadísticas y burdas “opiniones
autorizadas”. Pero, en esta guerra de “exclusivas informativas”
seguimos estando igual: NO SE NOS DA INFORMACIÓN DE LO QUE SUCEDE EN
NUESTRA CERCANÍA. ¿Qué nos importa la cuantía de infectados en el
territorio comarcal, provincial o regional del Departamento
responsable de salud al que pertenecemos? Los Medios deberían acudir
al rescate de los desinformados ciudadanos, dándonos datos sobre qué
ocurre en nuestro entorno, en nuestros barrios, en nuestros colegios,
en nuestros centros de trabajo.
Desde la preservación de los datos
identificativos personales y sociales, todos deberíamos conocer qué
sucede en nuestro entorno, que es donde podemos contagiar o
contagiarnos. Así lo pienso y así lo pido. La tarjeta sanitaria
individual es una fuente de información cuando se produce un
contagio. Su uso social, le corresponde a nuestras Administraciones.
La actual incertidumbre y la ocultación de información es
inaguantable, y no es aceptable después de todos los sacrificios
solidarios que hemos compartido meses atrás junto a los que
actualmente estamos aportando para preservar el bien común. Por
ello, tengo que preguntar: ¿Hay por ahí alguien durmiendo?
(Acabando este escrito, un pantallazo me descabalga. “Ha muerto
Maradona”. ¡Gracias Pibe! por todos los grandes momentos
inolvidables de fútbol que nos distes a mi padre y a mí. Nunca
nadie tendrá que rescatar tu recuerdo porque ya eres inmortal).







