El mejor homenaje
GATITOS EN APUROS
Usted no tendría que estar leyendo estas
líneas. Es más, estas palabras ni siquiera deberían haber sido
escritas. Porque Marian Blanco no debería haber muerto. Esta mujer,
residente en Ourense, alcanzó una triste y tímida celebridad
cuando, el pasado 2 de diciembre, cayó al río Barbaña mientras
alimentaba a su colonia felina.
En distintos medios digitales y redes
sociales se ha lamentado su muerte e, incluso, se promovió una
iniciativa para llenar su tumba de flores. Sin embargo, el mejor
homenaje que podríamos rendirle es que su muerte nos sirva como
palanca de cambio. En primer lugar, deberíamos plantearnos algunos
interrogantes: ¿por qué tenía que padecer un riesgo diario de
caída para alimentar a sus gatitos? ¿Por qué tenía que esconderse
mientras desempeñaba esta labor inofensiva? E
xiste una realidad
silenciada: la violencia sistemática a la que se enfrentan quienes
cuidan colonias felinas. Insultos, amenazas explícitas y veladas,
destrozos en las colonias, miedo a que nuestros gatitos sean
“represaliados” si contestamos a las ofensas… Esas son algunas
de las violencias a las que se exponen las personas que intentan
mejorar las condiciones de vida de nuestros felinos urbanos. Si
Blanco no hubiese tenido que esconderse mientras desarrollaba su
labor, sino que hubiese contado con la admiración de sus
conciudadanos/as y con el apoyo de las autoridades, probablemente
ahora no estaríamos hablando de ella.
Debería resultarnos pasmoso
el grado de deshumanización alcanzado por nuestra sociedad si una
persona no puede dar de comer a un gato por temor a que se la insulte
o se la criminalice… En consecuencia, la muerte de Blanco debería
movernos a emprender transformaciones a nivel cultural y educativo.
Es hora de que desenterremos las falsas creencias que consideran al
ser humano por encima de todas las especies y, como tal, con derecho
a hacer lo que quiera con ellas. Es preciso asentar las bases para un
nuevo contrato de convivencia entre todos los seres sintientes, pues,
para superar las violencias, se requiere generar sociedades amantes
de la vida y de todas las vidas.
Finalmente, las personas
alimentadoras deberían contar con mayor apoyo y protección por
parte de las fuerzas de seguridad y los consistorios locales, una
implicación real en una competencia que también es suya, pues
nuestra biodiversidad es nuestro mayor patrimonio. Crear ciudades
hospitalarias para todos los gatitos que tanto quería Marian sería
el mejor homenaje que podríamos brindarle. ¿A qué estamos
esperando?