Respeto o jungla
Lánguida tarde de Viernes Santo. Desde mi balcón veo procesionar
familias enmascaradas en busca del relajo que a todos nos equilibra
ante los sinsabores cotidianos con que la vida va empedrando el
diario acontecer. Nada especial sucede. Nada especial espero.
Rutinas
y más rutinas a las que uno no llega a acostumbrarse nunca. Releo
algunos recortes de prensa que suelo apartar para estos momentos de
calma, y trato de reflexionar en torno a lo que se nos cuenta para
contrastarlo con lo que uno percibe, filtra y siente en su poso
interno. Volvemos a las andadas (aunque tal vez nunca hayamos salido
de ellas). Una jauría periodística (de esos que se creen acreedores
de impunidad) jalea opiniones poco construidas o con artificio
tendencioso, que sirven para alimentar las ambiciones de quienes
mandan o de quienes pretenden alcanzarlo.
La descalificación
persistente, cual gota malaya, contagia por agotamiento a quienes
anteponen la comodidad de sus neuronas al esfuerzo por catalizar
otras realidades con otros fundamentos. La gente se va encrespando y,
algo muy español, busca culpabilidades baratas o gratuitas en las
que descargar sus frustraciones o, lo que es peor, para tratar de
asimilar su identidad a quienes les gustaría parecerse porque
aparentan o tienen poder y dinero.
Conclusión: la opinión pública
tiende hacia la opinión publicada, enajenando la propia
responsabilidad; algo que se suele justificar con el hecho simple de
emitir una papeleta en cada convocatoria electoral. Si a ello le
añadimos el festival de Twiters y mensajitos sabiondos de los
“aparatitos”, ya tenemos el circo a pleno rendimiento. Enseguida
surge la pregunta ¿Se tiene interés en buscar la verdad, o tan solo
nos acomodamos a deglutir lo que se nos presenta como cierto? La
libertad de expresión nunca debe ser cercenada, tampoco sometida a
la autocensura, jamás limitada ni condicionada, pero sí debe
conllevar responsabilidades si se traspasan la difusa línea del
respeto y la nítida de la ley.
La libertad de expresión debe sumar
como aliados inseparables al argumento razonado y la intencionalidad
limpia, aunque venga sazonada con el sarcasmo y la ironía. La deriva
de insultos, improperios, burlas, lanzamiento de objetos y afrentas
chulescas que venimos observando (sin que el resto de las formaciones
políticas salgan a denunciar con contundencia) contra miembros del
mundo de la política: Abascal, Ayuso, Echenique, Espinosa, Iglesias,
Montero, etc., me merecen el más firme e inamovible rechazo. Y, este
ciudadano, activista del bien común, que a veces escribe y que aboga
por defender la discrepancia desde el razonamiento y la concordia
constructiva, defiende con igual o mayor firmeza la crítica
política.
Es más, invitando a que nadie se calle y a que se
manifieste haciendo uso cívico de su opinión discrepante. Pero el
tope de nuestros desahogos y de nuestras propuestas debe fijarse en
el favorecimiento de la convivencia, nunca alentando crispaciones
ciegas ni ataques mediáticos sistematizados, como viene ocurriendo.
Lo demás, es echarle gasolina a las revueltas y a los odios
inculcados que solo conduce a enfrentamientos irreconciliables
carentes de empatía y de razón. Todo lo cual nos lleva hacia la
jungla. Una jungla espesa en donde el sectarismo es la única visión
corta de cualquier búsqueda de salida al campo libre de la
contraposición de las ideas y los argumentos. En esas estamos ahora.
Limitados, porque queremos limitarnos.
Rescato un artículo reciente
de Antonio Muñoz Molina donde analiza y se pregunta “Qué puede
hacerse ahora”. Tras un adecuado análisis, en el que invoca “no
rendirse al abatimiento político, que conduce al fatalismo y, por
tanto, a la capitulación”, formula una conclusión: “Nuestras
capacidades para influir en la vida pública son escasas, pero una
está del todo bajo nuestro control: no dejarse llevar por el impulso
de la descalificación general”. Yo me permito añadir: “Sin
renuncia al sempiterno derecho a denunciar los abusos y desvaríos de
la acción política, y a la crítica constructiva, porque esta
última nos permite avanzar en la convivencia y en la justicia
social”.
Acabo con una propuesta de acción política inmediata:
Que, a partir de ahora mismo, y durante los dos próximos años, se
bajen los impuestos municipales y se eliminen las partidas
presupuestarias superfluas, para orientar el gasto público hacia
políticas que impulsen la economía productiva y la creación de
empleo, así como a la protección social de quienes se están
quedando atrás. En definitiva, unificación de los esfuerzos, y
convergencia proactiva de la gestión política municipal.







