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jueves, 17, septiembre, 2026
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Respeto o jungla

Respeto o jungla

Lánguida tarde de Viernes Santo. Desde mi balcón veo procesionar familias enmascaradas en busca del relajo que a todos nos equilibra ante los sinsabores cotidianos con que la vida va empedrando el diario acontecer. Nada especial sucede. Nada especial espero.

Rutinas y más rutinas a las que uno no llega a acostumbrarse nunca. Releo algunos recortes de prensa que suelo apartar para estos momentos de calma, y trato de reflexionar en torno a lo que se nos cuenta para contrastarlo con lo que uno percibe, filtra y siente en su poso interno. Volvemos a las andadas (aunque tal vez nunca hayamos salido de ellas). Una jauría periodística (de esos que se creen acreedores de impunidad) jalea opiniones poco construidas o con artificio tendencioso, que sirven para alimentar las ambiciones de quienes mandan o de quienes pretenden alcanzarlo.

La descalificación persistente, cual gota malaya, contagia por agotamiento a quienes anteponen la comodidad de sus neuronas al esfuerzo por catalizar otras realidades con otros fundamentos. La gente se va encrespando y, algo muy español, busca culpabilidades baratas o gratuitas en las que descargar sus frustraciones o, lo que es peor, para tratar de asimilar su identidad a quienes les gustaría parecerse porque aparentan o tienen poder y dinero.

Conclusión: la opinión pública tiende hacia la opinión publicada, enajenando la propia responsabilidad; algo que se suele justificar con el hecho simple de emitir una papeleta en cada convocatoria electoral. Si a ello le añadimos el festival de Twiters y mensajitos sabiondos de los “aparatitos”, ya tenemos el circo a pleno rendimiento. Enseguida surge la pregunta ¿Se tiene interés en buscar la verdad, o tan solo nos acomodamos a deglutir lo que se nos presenta como cierto? La libertad de expresión nunca debe ser cercenada, tampoco sometida a la autocensura, jamás limitada ni condicionada, pero sí debe conllevar responsabilidades si se traspasan la difusa línea del respeto y la nítida de la ley.

La libertad de expresión debe sumar como aliados inseparables al argumento razonado y la intencionalidad limpia, aunque venga sazonada con el sarcasmo y la ironía. La deriva de insultos, improperios, burlas, lanzamiento de objetos y afrentas chulescas que venimos observando (sin que el resto de las formaciones políticas salgan a denunciar con contundencia) contra miembros del mundo de la política: Abascal, Ayuso, Echenique, Espinosa, Iglesias, Montero, etc., me merecen el más firme e inamovible rechazo. Y, este ciudadano, activista del bien común, que a veces escribe y que aboga por defender la discrepancia desde el razonamiento y la concordia constructiva, defiende con igual o mayor firmeza la crítica política.

Es más, invitando a que nadie se calle y a que se manifieste haciendo uso cívico de su opinión discrepante. Pero el tope de nuestros desahogos y de nuestras propuestas debe fijarse en el favorecimiento de la convivencia, nunca alentando crispaciones ciegas ni ataques mediáticos sistematizados, como viene ocurriendo. Lo demás, es echarle gasolina a las revueltas y a los odios inculcados que solo conduce a enfrentamientos irreconciliables carentes de empatía y de razón. Todo lo cual nos lleva hacia la jungla. Una jungla espesa en donde el sectarismo es la única visión corta de cualquier búsqueda de salida al campo libre de la contraposición de las ideas y los argumentos. En esas estamos ahora. Limitados, porque queremos limitarnos.

Rescato un artículo reciente de Antonio Muñoz Molina donde analiza y se pregunta “Qué puede hacerse ahora”. Tras un adecuado análisis, en el que invoca “no rendirse al abatimiento político, que conduce al fatalismo y, por tanto, a la capitulación”, formula una conclusión: “Nuestras capacidades para influir en la vida pública son escasas, pero una está del todo bajo nuestro control: no dejarse llevar por el impulso de la descalificación general”. Yo me permito añadir: “Sin renuncia al sempiterno derecho a denunciar los abusos y desvaríos de la acción política, y a la crítica constructiva, porque esta última nos permite avanzar en la convivencia y en la justicia social”.

Acabo con una propuesta de acción política inmediata: Que, a partir de ahora mismo, y durante los dos próximos años, se bajen los impuestos municipales y se eliminen las partidas presupuestarias superfluas, para orientar el gasto público hacia políticas que impulsen la economía productiva y la creación de empleo, así como a la protección social de quienes se están quedando atrás. En definitiva, unificación de los esfuerzos, y convergencia proactiva de la gestión política municipal.

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