David Llorente Cortés.
La empresa EDPR, una de las principales empresas mundiales en el sector de las energías renovables, ha lanzado una campaña en la que presenta un experimento social en el cual varios niños y niñas tienen que elegir entre varios objetos (un casco de obra, un balón de fútbol, una escoba, un microscopio, un casco de astronauta, un secador de pelo y algunas más) y determinar si corresponden a un hombre, a una mujer o a cualquiera de los dos. El objetivo es concienciar sobre la presencia de estereotipos de género y cómo determinadas profesiones son asociadas a hombre o a mujeres. El resultado es esperable y está lejos del que habría sido hace cuarenta o cincuenta años; muchos niños entienden que una escoba no está asociada a ningún género y que un casco de astronauta puede pertenecer tanto a un hombre como a una mujer. Aunque ciertos objetos tienden a terminar más en un lado que en el otro, los propios niños admiten que es, simplemente, por ser una imagen más frecuente. El balón de fútbol y el casco de obrero se asocian con el personaje masculino porque los niños ven estos objetos asociados a hombres más a menudo, y un secador de pelo o un microscopio tienden a acabar en el lado del personaje femenino por la misma razón. Pero nadie piensa que un objeto no puedan estar en cualquier lado, o que no sea propio o adecuado, simplemente es más frecuente verlos en un contexto que en otro.
Hace varios años que desde ciertas coordenadas sociales y políticas se nos habla de la brecha de género en la educación, refiriéndose más concretamente al reducido porcentaje de mujeres que completan estudios en carreras STEM —acrónimo, en inglés, de Ciencia, Tecnología, Ingeniería y Matemáticas—. Quienes abanderan este argumento suelen olvidar, sin embargo, que las mujeres lideran el resto de estudios universitarios y están presentes, en mayor número, en cualquier otra carrera. De hecho, incluso entre las carreras STEM, las mujeres son mayoría en campos como la biología, la biotecnología y las matemáticas. Sin embargo, algunas personas parecen algo obsesionadas con las carreras STEM —o, más concretamente, con las ingenierías— y con ello ocultan, quizás, un cierto clasismo en su forma de entender la sociedad. Se habla de estas carreras de ciencias como si fuesen más valiosas, más importantes, y con ello se desprecia a quienes ejercen otras actividades que nos resultan imprescindibles, desde la limpieza al transporte o la sanidad. Como si una mujer que se dedica a la enfermería valiese menos que una ingeniera.
Si queremos hablar de verdad de una brecha de género en educación, tendríamos que poner el foco en el abandono escolar. Según el INE, España se sitúa en cuarta posición de la UE en tasa de abandono escolar de 18 a 24 años y presenta la mayor disparidad por género de todos los países (20,2 % varones frente a 11,6 % mujeres). Las cifras de abandono escolar temprano (antes de los 18 años) no son mejores y continúan mostrando una tremenda desigualdad entre chicos y chicas, siendo los primeros los que más a menudo abandonan sus estudios.
Llegados a la educación superior, las cifras son indiscutibles. Se gradúan más mujeres que hombres y lo hacen en casi todas las carreras, salvo unas pocas. Carreras, en cualquier caso, que no les han estado vetadas desde hace décadas. Hoy en día nadie pone en duda que una mujer estudie una ingeniería, o matemáticas; de hecho nunca a lo largo de mi vida he conocido a nadie que tuviese ningún inconveniente en ello. La libertad de elección a la hora de escoger una formación no tiene por qué resultar en una paridad de graduados en todas las carreras, pero el proselitismo de algunos lleva a crear problemas donde no los hay para tratar de vender soluciones que nadie necesita.







