VICENTE POVEDA LÓPEZ
Surge una institución inédita durante el siglo XIX. Una sociedad creó el término “zoo”, uniendo un centro social con la ciencia, y con el estudio del proceder de los animales, inaugurándose en 1828, en el Regent`s Park of London. Posteriormente en 1864, el zoo del Central Park de Nueva York, también lo aperturaron en Chicago, Washington o Filadelfia. Sin embargo, no fue Londres la avanzadilla del progreso de este tipo de instalaciones. El primer parque con infraestructura fue El Jardín Zoológico de Berlín, en 1880. El proceso de programas lo emprendió el parque Bronx Zoo. Aunque no todo era evolución, en algunos casos, hubo involución, con hechos lamentables, como la exhibición de un ser humano, de nombre Ota Benga (1883/85-1916).
El destino de la vida. Es la historia de un pigmeo congoleño, de la etnia Mbuti/Batwa, actualmente Republica Democrática del Congo. Su familia fue asesinada por las milicias coloniales que controlaban los dominios de las poblaciones nativas (Congo Belga). Él se salvo, al hallarse recolectando alimentos, y cuando llego a la tribu, en la selva de Ituri, presenció el horror de la masacre. Pero la vida, le tenía preparado otro destino, un grupo de traficantes de esclavos de la etnia bashilele, lo apresaron. Un explorador, Samuel Phillips Verner, contratado por los organizadores de la Exposición Universal para llevarse varios pigmeos a Estados Unidos. El aventurero Verner compró a Ota Benga a los tratantes de esclavos a cambio de un saco de sal y de un rollo de tela, aunque insinuó que le salvo la vida a manos de los caníbales. Verner regresó a St. Louis, con ocho pigmeos más, que les había engañado para que lo acompañaran. A Ota Benga, lo arrancaron del bosque, de sus raíces y fue trasladado a la “civilización”.
El joven pigmeo y los monos. Entre los distintos eventos programados en la gran Exposición de 1904, incluyeron los III Juegos Olímpicos de la era moderna, con la sección de antropología, al margen de la competición oficial, tomaron parte miembros de distintas etnias procedentes de África, Asia y América, causó fuertes críticas discriminatorias. Finalizado el certamen, los ocho pigmeos exhibidos fueron enviados de vuelta a África, no ocurrió lo mismo con Ota Benga, que permaneció bajo la “custodia” de Verner. Que se lo llevó a un nuevo destino, al zoo del Bronx, y el director, William Hornaday, lo admitió de trabajador, al cuidado de los animales y de adecentar las instalaciones. El director, se percató del interés que suscitaba el joven pigmeo entre los visitantes, sugiriéndole que pasase más tiempo en el recinto de los Monos, ya que solía ir acompañado de un amaestrado y dócil orangután, de nombre Dohong, y que practicase con su arco y flechas, a la vez, colocase su hamaca para pernoctar. No tardaron en anunciar oficialmente (08.09.1906), la presencia del joven pigmeo, como nueva atracción del zoo, exhibiéndolo en la Casa de los Monos, con un cartel que rezaba:
-Pigmeo Africano “Ota Benga” 23 años de edad, Altura, 4 pies y 11 pulgadas Peso: 103 libras, Traído desde la ribera del río Kasai, Estado Libre del Congo, Centro Sur de África por el Dr. Samuel Phillips Verner, exhibido cada tarde durante septiembre…-. (Man and Monkey Sow Disapproved by Clergy” 09/1906)
Un rito ancestral. A pesar de este inaceptable suceso, los parques siguieron evolucionando, eliminando o evitando barreras visibles, descartando muros, con efectos ópticos para encubrir las medidas de seguridad, la instauración de desniveles, con canales de agua o zanjas que armonizaran el ambiente. El Zoo de Hamburgo, en 1907, Carl Hägenbach cambia la decoración artificial por elementos naturales. Se crean grandes superficies, en 1916, el Zoo de San Diego, en Estados Unidos, o en Europa. Las nuevas leyes y el sentido común favorecen la protección de los animales en parques zoológicos, convirtiéndose en ONG, con protección, conservación y en ocasiones con el propósito de reintroducirlos en libertad. Aunque la decoración de plantas naturales y la simulaciones en hormigón de estos espacios, siga siendo la de infraestructuras cerradas para la vida natural y placentera de los animales. Por cierto, saben que fue del pigmeo Ota Benga, su deseo de regresar a África se hizo patente y planeó su retorno. No obstante, el estallido de la Primera Guerra Mundial en 1914, restringió el tráfico marítimo en el Atlántico. Atrapado en una sociedad que le era extraña, y sin posibilidad de salir, perdió toda esperanza. Y del diario INFORMACIÓN transcribimos:
-Ota fue liberado en septiembre de 1906. El asilo religioso de Howand Colored se hizo cargo de él, de ofrecerle por primera vez un lugar digno donde vivir. Se arreglaron sus dientes afilados, se le proporcionó ropa, educación e, incluso, se le buscó un trabajo en una fábrica de tabaco (…) le ofrecieron cosas que para nuestra civilización están bien pero que me imagino que, para la de él no (…) lo que más echaría de menos seria su selva, su pueblo, sus costumbres y su gente. Y por otro, a esas alturas, a sus 32 años, a Ota ya le habían destrozado mentalmente y le habían dejado rota el alma para siempre. El caso es que el 20 de marzo de 1916, Ota realizó un ritual ancestral de despedida. Prendió fuego a una hoguera, arrancó las coronas que la había implantando en los dientes para arreglárselos, bailó una danza tradicional de su tribu y, tras ello, se pegó un tiro directamente en su corazón-.(Mérida, 26.06.2016)













