Por: VICENTE ARAVID
Acabó su aseo personal con unos toques de polvos sobre las sonrosadas mejillas y trazó unas líneas que realzaban sus ojos. Se miró al espejo y pensó para sus adentros: “No está mal”.
Tenía razón. Lucía esplendorosa, brillante,…preciosa. Un amigo la calificaba de cruelmente bella y de insultantemente elegante; y no le faltaban razones para semejantes adjetivos y calificaciones.
Se dirigió hacia la habitación con paso acelerado. Eran casi las diez y quedaban muchas cosas por resolver. Abrió el armario para buscar una ropa adecuada. Sencilla, cómoda, pero que desprendiera esa elegancia que le era propia.
El pantalón vaquero no podía faltar, una liviana blusa blanca de manga larga, sutil, insinuante. Transparentaba la ropa interior, unos encajes que ajustaban sus pechos, dejando para la imaginación todo lo demás. Se encontraba atractiva. El toque de color, un jersey color camel anudado sobre el pecho.
Se desató la coleta y se cepilló su corta melena rubia. Con urgencia se compuso una trenza y la rodeó con una pulsera de pequeñas cuentas marrones. Estaba lista, solo le faltaba ajustarse unas sandalias negras y tacón bajo. Refulgían sus uñas rojo pasión. El bolso y ya estaba lista para dirigirse al gran hipermercado del bricolaje y comprar una coqueta mesita de noche. La ocasión requería tamaña elegancia. Sin lugar a dudas.







