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jueves, 17, septiembre, 2026

Diario de una experiencia Erasmus en Portugal

El despertador sonó mucho antes de lo habitual. A las siete de la mañana todavía era de noche cuando un grupo de maletas empezaba a reunirse en la puerta nuestro colegio. Había nervios, caras de sueño y muchas preguntas. Nadie sabíamos exactamente qué iba a pasar durante los próximos días ni a quién íbamos a conocer, pero todos compartíamos la misma mezcla de curiosidad e ilusión.

El primer destino fue el aeropuerto de Valencia. Desde allí comenzaba nuestro vuelo hacia Lisboa. Para muchos de nosotros era una de las primeras veces viajando en avión, así que todo parecía una pequeña aventura: mirar por la ventanilla mientras el suelo se hacía cada vez más pequeño, imaginar cómo sería el lugar al que íbamos y pensar en todas las historias que seguramente nos esperaban. El primer día lo dedicamos a descubrir la capital portuguesa, pasear por sus calles llenas de cuestas y subir a sus famosos tranvías amarillos. Mientras recorríamos la ciudad, sentíamos que el viaje acababa de empezar, como si fuese el primer capítulo de algo que todavía estaba por escribirse.

Eso ocurrió al día siguiente. El martes nos tocó volver a madrugar para llegar cuanto antes a nuestro destino final: el Agrupamento de Escolas de Marrazes, en Leiria. Llegamos alrededor del mediodía y fue entonces cuando empezó de verdad la experiencia Erasmus. Sin esperarlo, nos encontramos con una bienvenida que ninguno imaginábamos: en la plaza del pueblo nos aguardaban alumnos de diferentes edades con carteles y banderas de España, Portugal y Europa. Aquella especie de pequeño desfile de bienvenida nos sorprendió muchísimo y en ese momento empezamos a entender que aquel viaje iba a ser algo especial.

Las presentaciones no tardaron en convertirse en risas. La barrera del idioma, que al principio parecía algo que podía complicarlo todo, desapareció casi al instante. Con gestos, palabras en inglés, español, portugués y muchas sonrisas, enseguida nos entendimos. En realidad, parecía que ya nos conociéramos desde antes. Ese mismo día los alumnos portugueses se convirtieron en nuestros guías y nos enseñaron la ciudad de Leiria. Entre paseos, fotos, bromas y conversaciones improvisadas empezaron a surgir las primeras amistades y esa complicidad que hace que un viaje se vuelva especial.

El miércoles fue un día lleno de actividades en el colegio. Participamos en talleres interactivos, grabamos un pequeño noticiario y empezamos a preparar unos imanes de recuerdo con imágenes de nuestro pueblo. Allí aparecieron el castillo de Petrer, la iglesia, las banderas de nuestras fiestas de Moros y Cristianos y algunos símbolos muy nuestros como la paella o el jamón.

Por la tarde hicimos una excursión a Nazaré, famosa por tener algunas de las olas más grandes del mundo. Nos habían hablado de olas gigantes, enormes, casi de película… pero ese día debían de estar de vacaciones, porque las que vimos eran bastante más tranquilas de lo que imaginábamos. Aun así, el lugar nos impresionó y el paseo frente al mar fue uno de esos momentos que se quedan grabados en la memoria.

El jueves continuamos con nuevas actividades en el colegio. Salimos al campo para recoger insectos y después observarlos en el laboratorio con microscopios. Fue una experiencia diferente y muy interesante. Por la tarde visitamos el Santuario de Fátima, uno de los lugares más conocidos de Portugal.

Pero uno de los momentos más especiales llegó por la noche con la fiesta hispano-lusa organizada por el colegio. Allí estaban el director, la concejala de educación del ayuntamiento de Leiría, las familias de los alumnos y los miembros del Club Europa. Hubo actuaciones musicales muy bonitas: desde canciones acompañadas con acordeón hasta una espectacular interpretación de una canción de Rosalía, en la que una alumna portuguesa nos tocó la fibra emocional con su interpretación, mezclando inglés y español como un regalo para nosotros.

También recibimos diplomas y regalos como recuerdo de nuestra estancia. En ese momento también nos tocó a nosotros enseñar de dónde veníamos, y mostramos un vídeo sobre nuestro colegio y sobre nuestro pueblo, explicando cómo es Petrer y cómo vivimos nuestras fiestas de Moros y Cristianos. Después compartimos una cena estupenda preparada por el comedor del colegio y por las familias. Una vez más, el ambiente fue increíble.

La última mañana llegó demasiado rápido. El viernes tocaba despedirse y subir por última vez al colegio. Allí aparecieron los abrazos que no se querían soltar, las risas mezcladas con lágrimas y las despedidas que se alargaban más de lo que esperábamos. Algunos intentábamos bromear para que no se notara la emoción, pero era difícil. En pocos días habíamos pasado de no conocernos a sentir que dejábamos atrás a amigos de verdad.

Si el primer día nadie sabíamos qué nos iba a deparar el viaje, en ese momento la respuesta estaba clara. Habíamos descubierto que viajar así sirve para aprender muchas cosas, pero sobre todo para conocer a personas de otros lugares, hacer amigos y darse cuenta de que, aunque vivamos en países diferentes, tenemos mucho en común. Ese es uno de los grandes objetivos del programa Erasmus+.

El viaje terminó, pero las maletas volvieron llenas de algo más que ropa. Volvimos cargados de recuerdos, emociones y amigos y amigas que esperamos volver a ver algún día.

Gracias a todas las personas que hicieron posible esta experiencia y, sobre todo, a quienes nos recibieron con tanta alegría y cariño. Porque hay viajes que se recuerdan… y otros que se quedan para siempre.

GALERÍA FOTOGRÁFICA:

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