Por: Antonio Espinosa Martínez
Tomas el avión y en un periquete te plantas en Budapest. Las oficinas de turismo se encargan de informarte sobre monumentos, lugares y calles que no te puedes perder. Calles las hay famosas como Quinta Avenida, Alcalá, Ramblas, Campos Elíseos, Wall Street,… y una lista infinita.
Pasear por ciertas calles es una gozada y para ello no hace falta volar a París. Nuestro Casco Antiguo nos espera con gratas sorpresas, rincones únicos, silenciosas arterias, travesías, pasadizos, fachadas únicas (no hay dos iguales), algunas con plantas de vivos colores en puertas y ventanas y, por supuesto, preciosas vistas al valle. Atalayar desde tales balcones los vuelos y piruetas velocísimas de las golondrinas, es una pasada. Y a espaldas, la mole impresionante del castillo. Tal vez por el entorno sus vecinos tienen un algo especial en sencillez y afabilidad. En mi etapa juvenil disfrutamos de lo lindo por esas calles del Casco Antiguo, como antes lo hizo Azorín, llegando a citar nombres en alguna de sus obras. Tengo un recuerdo imborrable del maestro don Juan José llevándonos a observar una vivienda de la calle San Rafael en cuya fachada se apreciaban perfectamente sobre fondo ocre unos dibujos arabescos ataurique, que lamentablemente desaparecieron. Cerca de ese punto se encuentra la calle Numancia, donde vivían mis abuelos, de tan grata memoria para mí, como lo fue también la calle Prim, en una de cuyas viviendas tuvo lugar mi nacimiento. Esta última tenía a todas horas un ambiente bullicioso y animado; no en vano allí se encontraban – como cita Mª Carmen Rico en su obra “Las calles de Petrer”- “varios comercios de los de más solera de la población”.
Las calles son algo vivo por descubrir; cultura hecha piedra y testigo añejo de generaciones pasadas, a la vez presentes en su evidencia física y urbana. Intentar conocer nuestras calles es trabajo ímprobo que nos facilita Mª Carmen Rico en el completísimo libro antes citado. Coincido con José Miguel Payá cuando afirma en su presentación que “leyéndolo conocemos todo el pasado y el presente de nuestro pueblo y una parte de su historia”. En efecto, estimo que esta obra se encuentra en su lado histórico al nivel de autores acreditados en el tema, tales como Manuel Martínez López con su “Historia de Alicante a través de sus calles”, Claudio Sánchez Albornoz o el mismo Mesonero Romanos, escritor y periodista, Cronista de la Villa, captor profundo del Madrid castizo del 1800 y de sus calles.
Las calles, como casi todo, tienen sus curiosidades. Por ejemplo, la via urbana más larga del mundo, en Toronto, Yonge Street, con una extensión de 57 kilómetros. Como están las cosas no sabemos si habrá espacio para aparcar en tal calle. Otra curiosidad la tenemos en Madrid, con una calle rotulada a nombre de una persona que nadie sabe quién es. No aparece referenciada en ningún tipo de archivos ni registros. Los investigadores no han dado con tal señor. Y lo curioso viene por el hecho de que para dar nombre a una calle sea condición el aprobarlo en pleno de corporación municipal.
Curiosidades de nuestras calles también las hay, como la acertadamente desaparecida “Derrocat”, que por mantener el nombre, seguramente por cosa social, alguien lo calificó de horterada. Todavía nos queda otra: “Bassa Perico”, esperemos no por mucho tiempo. Desde estas páginas abogo por retraer desde donde está actualmente la calle Novelda a esta ubicación y con su título original de Avenida de Novelda, en reconocimiento a las excelentes relaciones de nuestro pueblo, en su historia, con la vecina ciudad. En mi modesta opinión la reseña de tal bassa sería suficiente como apunte histórico y nada más. De anécdota nomenclátor también, tenemos algo realmente insólito: La Canal, nombre, nada más y nada menos, de todo un Instituto de Enseñanza. He conocido la canal, al igual que la bassa Perico e incluso la misma bassa el moro. Esto último era realmente, cuando yo lo conocí, un espacio desolador y yermo. Me llevé las manos a la cabeza cuando supe que ponían tal nombre a un centro comercial. Afortunadamente ya se ha rectificado, aunque tal bassa también tuvo su historia, es cierto. En cuanto a La Canal para titular a un Instituto no le encuentro sentido, no dice nada. Quedará sí, también, en el perfil de la historia, que no se debe perder, y en el reconocimiento del valor que tuvo en su tiempo tal forma de riego. Sin embargo cuando pase mi generación los alumnos del Instituto todavía seguirán “disfrutando” de tal legado ¡plano!.¿Para cuando el cambio?
Queda mucho en el tintero sobre calles. Apunto un breve reto: ¿Te has preguntado qué hay detrás del nombre de tu calle?. ¿Quién fue el personaje que mereció tal honor; qué nos está diciendo con su vida?. O, ¿cómo es ese punto geográfico reflejado en el rótulo de tu calle?.Y lo humano de tal vía transitable, los vecinos. ¡Que detalle tan bonito el de Mª Carmen al mencionar los nombres de los vecinos de la calle, en un tiempo determinado!. Y sirva para agradecerle la cita de mis padres en la Calle Prim.
A todo esto ¿El título?. Que quede en secreto, no domino el inglés; está prestado y significa “callejeando”, a modo de metáfora cual pasear una calle por primera vez con una pizca de intriga y el gusanillo de llegar a su final. Goodbye







