Juan José Vidal García (La memoria se atempera, pero no se ausenta)
Era Juanjo tan solo tres horas mayor que yo. (Era: terrible tiempo
verbal). Nuestras madres, sin conjurarse, nos trajeron al mundo en el
solsticio de verano. Justo en la noche de San Juan, la más corta del
año, cuando se queman los viejos augurios y se renuevan los mejores
deseos para lo venidero.
Ambas, decidieron ponernos Juan como primer
nombre y ambas, seguro que, durante sus dolores, invocaron el deseo y
la esperanza de que sus hijos fueran gente de bien, tal y como lo
desean todas las madres del mundo. En su caso, su madre acertó
plenamente. Aunque de niños correteábamos las mismas plazas y
callejuelas de Elda -junto al Ayuntamiento-, no coincidimos nunca en
nuestros juegos. Incluso fuimos a diferentes colegios.
A los quince,
dieciséis, diecisiete años, compartimos la gran suerte de
participar en el arranque y etapa inicial del Grupo Teatral COTURNO,
que el inolvidable Rafael Maestre puso en marcha con acertado riesgo
y más que generosos esfuerzos, en una época en que la cultura
(apartada de los criterios oficiales) estaba fuera del alcance de la
mayoría. Pirandello, Casona, Sófocles, Buero Vallejo, etc. formaron
en Juanjo (y también en mí, aunque en menor medida) un acendrado
compromiso con los valores de la cultura y del teatro representado.
Petrer lo escuchó en el primer recital de Coturno, en el que pudo
homenajearse a Paco Mollá y la publicación del poemario Orto. Quiso
el destino que ambos frecuentáramos Petrer. Y ambos, por curiosa
casualidad, coincidiéramos en casarnos con dos primas hermanas, lo
que produjo -ya desde entonces- un inquebrantable acercamiento y el
origen de unas relaciones que, más que familiares, han sido desde
entonces, de sincera y profunda amistad.
A modo de ejemplo, nunca se
borrará de mi memoria, los cientos de horas que hemos compartido en
el habitáculo del coche de turno, cuando -con escasas horas
dormidas, a veces sin comer y con el cansancio acumulado de miles de
kilómetros transitados en cinco días- recorríamos la Costa Azul y
parte de Italia, fotografiando escaparates de zapatos para conformar
las colecciones de la firma familiar Hijos de Juan Montesinos que,
temporada tras temporada, permitía dar trabajo, además bien pagado,
a muchas familias de nuestro pueblo.
El afán por disponer de lo
último en Moda y Diseño, nos obligaba a este esfuerzo -carente de
oportunidad turística alguna-, en el que hablábamos hasta la
saciedad de calzado, de la recurrente inestabilidad del Sector, de
las dificultades de fabricar un par de zapatos (más complicado que
fabricar un avión, decíamos convencidos) y también, cómo no, de
nuestros afanes diarios en nuestras vidas. Muchos encuentros
familiares posteriores, han ido alumbrando en cada ocasión,
imborrables recuerdos compartidos, todos ellos jalonados de cientos
de anécdotas de todo tipo, que han alegrado e incluso emocionado,
los ratos de indisoluble cercanía.
Tan solo han faltado unos pocos
días, para que ambos pudiéramos celebrar nuestros “primeros y
primaverales” setenta años. La madre Naturaleza y el insólito
Destino, han dictado la sentencia de este indeseado rumbo, que nos ha
llevado hacia la dolorosa pérdida de un hombre noble cargado de
dignidad; de un escrupuloso y empático padre de familia; de un
risueño y complaciente tertuliano de la vida; al que recordaremos
con nítida y cariñosa proximidad, ya que no precisaba de recurso
altisonante alguno para manifestar sin aspavientos y con plena
convicción didáctica, todo aquello que pensaba.
Ha sido (me cuesta
escribirlo en pasado), una persona que aportaba sensatez y brújula
en cada conversación. Su mujer, sus cuatro hijos y, en menor medida,
quienes hemos compartido con él una parte de nuestra vida, por
pequeña que haya sido, quedamos huérfanos ante su irremediable
ausencia. ¡Hasta siempre Juanjo!, te hemos querido, te queremos y te
querremos.







