Azorín y Petrel
Azorín escribió que “Vivir es ver volver” y desde luego, él,
que vivió más de 90 años, pudo decirlo con conocimiento de causa
pues vio volver innumerables gentes y modas. Escribo esto porque
precisamente este año que se celebra el cincuentenario de su
fallecimiento vemos volver la realización de congresos y homenajes
y la reedición de muchas de sus obras.
Se me permitirá que
refiera que con motivo del año Azorín, en 1998 (125 aniversario de
su nacimiento), nuestro Ayuntamiento editó la obra Azorín y
Petrer, que bajo la coordinación de la Cronista Local Mª Carmen
Rico, recogía una amplia serie de trabajos sobre la relación del
maestro de Monóvar con nuestra localidad. No sé si el lector
interesado aún puede adquirir el libro en la Concejalía, pero sí
que dispone de él en nuestras dos bibliotecas, y allí puede leer la
visión de esta población, cuna de su familia materna, recogida en
la obra azorianiana.
El autor de La ruta de D. Quijote pasó de niño
largas temporadas en la finca de su familia en Catí, y recordaba un
Petrel detenido en el tiempo de su juventud. Este Petrel, ya
inexistente cuando Martínez Ruiz lo rememoraba, es el que recoge en
dos de su obras que nos atrevemos a recomendar. Obras que no solo
están a disposición del lector en los anaqueles de las citadas
bibliotecas, sino que se siguen reeditando en la actualidad. La más
antigua e importante de las dos es “Antonio Azorín”, pequeña
novela en la que Martínez Ruiz recoge por segunda vez, tras “La
Voluntad”, las andanzas de un joven periodista “Azorín”, que
pasa en este pueblo unos días visitando a su tío Pascual Verdú.
Como Salvador Pavía demostró, si Azorín es el “alter ego”
de José Martínez Ruiz, hasta el punto de adoptar el nombre del
personaje como pseudónimo, Verdú lo es de D. Miguel Amat y
Maestre. El contraste entre la visión esperanzada de la vida del
sobrino, joven, periodista, escritor y triunfador, y la visión
desesperada del tío, escritor también y abogado de ilustre pasado,
pero ya enfermo y derrotado por una vida adversa; es una de las
mejores páginas de nuestra literatura del siglo XX. Pero la figura
grave, austera, profunda de Amat, tiene también su contraste en otro
personaje, Sarrió, locuaz, práctico, epicúreo, como un Sancho
junto a su señor Quijano.
En esta obra Azorín nos muestra el
plácido transcurrir de la vida provinciana que confronta con el
vértigo de la vida capitalina madrileña. La otra obra que me atrevo
a recomendar es “El enfermo”. Esta es una obra que transcurre
casi en su totalidad en una vivienda de la Plaça de Baix. De esta
novela de corta extensión se editó en 1998 una edición crítica a
cargo del referido Salvador Pavía que, en una muy fundamentada
introducción, nos explica esta original composición, pues es una de
las obras más difíciles de Azorín, ya que apenas hay acción, ni
argumento y sí ese reflejo del triste y lento devenir del tiempo,
que tan magistralmente llena la producción del ilustre autor.
El
prólogo corrió a cargo de un gran azoriniano, el filósofo
Julián Marías. Como es sabido, en 2012, se editó una versión en
valenciano con traducción de Jordi Giménez. Junto a otras
instituciones, desde el Instituto alicantino de Cultura Juan Gil
Albert estamos preparando para el próximo otoño un Congreso
internacional sobre la obra de Azorín que esperamos contribuya a una
mayor difusión de su figura y su producción. Iniciativas de este
tipo son importantes, pero no hay duda de que el mejor homenaje a un
escritor, la mejor forma de conocerlo, es la lectura de su obra.
Con ella el lector, no solo pasará buenos y entretenidos momentos,
sino que aprenderá en Azorín la escritura, clara, sencilla, directa
que lo caracterizaba, y también beberá de su exquisita
sensibilidad, de su profundo amor hacia nuestro país y su cultura.
El citado Julián Marías escribió que hay que releer a Azorín
porque “Asombra la frescura de sus páginas, la intensidad del
placer inteligente que producen al que tenga alguna sensibilidad para
lo que es literatura, la distinga de sus sucedáneos, y estime eso,
tan precioso como infrecuente, que se llama saber escribir”.







