17.9 C
Petrel
viernes, 18, septiembre, 2026

La exposición fotográfica de Luis Navarro

La exposición fotográfica de Luis Navarro

A veces, sin pretenderlo, una acción, un simple gesto sin pretensiones importantes, genera en los otros más o menos conscientemente un sinfín de estímulos interiores que mueven las raíces de su existencia y a reflexionar sobre ella.

Es el caso de la Exposición Fotográfica “Mirando lo diminuto y lo inmenso” clausurada el pasado 9 del presente octubre. No entiendo de calidades fotográficas, de contraluces y esas cosas pero sí capto lo que en su conjunto transmiten, y más, por la sutil inteligencia y sensibilidad de su montaje.

En la Exposición se conjugaba perfectamente lo íntimo del autor con el hilo conductor hacia el mensaje de la obra: contenido y continente, conjuntados con intencionada armonía provocan diversidad de emociones íntimas de vivencias imborrables que cada uno guarda para sí. No soy un amante de la fotografía, visitar la exposición fue un deber cordial al que me sentía gustosamente obligado.

Y me encontré con otra lección de humanidad propia del autor: un cincel desbrozaba las conchas que opacaban lo que había dado sentido a mi devenir, los recuerdos. Recuerdos. Qué somos, cuando resignados; o menos; intuimos que el final del camino está próximo, sino una suma de recuerdos.

El ser humano no es capaz de identificarse consigo mismo si no es en el entorno, orográfico o urbano, donde inició la consciencia de su ser y estar en este mundo. (De ahí la añoranza, la nostalgia, la saudade que es simbiosis de las dos.)
Los recuerdos que más fuertemente quedan son siempre estampas de nuestra niñez, adolescencia… hasta el inicio de la madurez. Ese tiempo es el papel y la tinta de nuestra intrahistoria. Después viene lo cambiante, lo mutante que siempre gira al entorno de aquella.

De mis contados viajes juveniles a otros lares, recuerdo que la ausencia de mi entorno me producía desasosiego y cuando por la ventanilla del tren, ya de regreso, vislumbraba a lo lejos la Sierra del Cid, me tornaba la calma, como al animal silvestre perdido que al fin encuentra su madriguera y siente calor de cobijo y seguridad. ¿Quién soy al final del trayecto?:

Ese niño que compite jugando a la trompa, sube al Castillo a simular batallas, corretea por El Derrocat o La Algolexa, que contempla- inerme su pensamiento- a la Mare de Deu y a San Bonifacio procesionando por las viejas calles estrechas de su pueblo; ese adolescente que pasea en cuadrilla y se aposentan en el eterno banco de La Explanada buscando instintivamente su mañana; y contempla las sendas, los paisajes y las luces de sus montes y valles que le sellaron para siempre en comunión perenne con su tierra.

Cuando termino el recorrido de la exposición, todos esos símbolos y simbolismos, callejuelas que ya no están mas siguen inmutables en nuestra memoria, la visión de la calle pueblerina, sola, triste, en penumbras, bañada por la lluvia de una tarde-noche otoñal, el particular brillo policromo de nuestros abruptos o nobles senderos que se te hinca en lo profundo; los personajes, próximos y lejanos que reactivan tu vitalidad menguada de esperanzas, se han trocado en un bello soneto perfecto en sus rimas que te muestra tu única verdad: hayas pasado lo que hayas pasado, he vivido.

Salir de la versión móvil