Problemas retorcidos
Tomemos un asunto de actualidad y tan acuciante como terrible: los
atentados terroristas como el ocurrido en Barcelona el pasado agosto.
Que se trata de un problema es obvio; es un acontecimiento atroz que
ha causado numerosos muertos y que se halla ligado a otros sucesos
similares, por lo que no podemos hablar de accidente aislado. Sin
embargo, la formulación del problema es mucho más compleja. ¿Se
trata de un grupo concreto de personas llenas de odio y con
intenciones homicidas? No, porque muchos de los terroristas tenían
vidas normales hasta que decidieron llevar a cabo las atrocidades.
¿Hay una razón, justificada o no, para lo que hacen? Tampoco está
claro.
No existen unas demandas ni condiciones por parte de los
perpetradores. Este es un ejemplo de un Problema Retorcido. Este tipo
de problemas son frecuentes en las ciencias medio-ambientales,
económicas, sociales o políticas. Conocidos como Problemas
Retorcidos o Perversos, su nombre viene del título anglosajón
wicked problems, acuñado en 1967 por C. West Churchman. Son un
concepto que representa problemas únicos de difícil o imposible
resolución, ya que su propia formulación es un problema en sí
misma. Estos problemas abarcan múltiples campos y, en cada uno de
ellos, se ramifican nuevas complicaciones. Siguiendo con el ejemplo
anterior, ¿dirían ustedes que es un problema simplemente legal,
económico, de educación? ¿Bastaría con reforzar los mecanismos de
seguridad? ¿Hay que revisar los valores educativos? ¿Hay que evitar
la marginación social, las desigualdades económicas?
Cada vez que
intenten acometerse uno de estos campos surgirán nuevos problemas,
nuevas repercusiones, nuevas dudas. Los problemas retorcidos son así;
no hay soluciones simples y cada intento de remedio resulta en un
problema más. Un ejemplo más de estos problemas es el cambio
climático, tanto que incluso se le llama problema super-retorcido. A
las dificultades de formulación y solución se suman aquí que no
hay una autoridad clara que deba atajar el conflicto y que los que
intentan resolverlo son también los causantes del propio problema.
¿Es entonces irremediable tirar la toalla frente a los problemas
retorcidos? No, no se trata de eso. La cuestión no es que sean
problemas imposibles de resolver y con los que haya que aprender a
convivir, sino que requieren un enfoque diferente.
Desde el momento
en que no pueden ser formulados con claridad tampoco es posible
darles una respuesta precisa. Debemos asumir que la solución no será
nunca una única acción, clara y directa, ni tampoco rápida. Son
problemas que deben ser estudiados con detenimiento, casi
diseccionados en pequeñas partes. Cualquier respuesta debe ser,
además, dinámica, capaz de cambiar y adaptarse a medida que se
comprende mejor el problema y que éste evoluciona y se revisa nuevo.
Es un trabajo continuo que requiere colaboración, y que nunca podrá
llevarse a cabo mientras cada agente implicado barra para casa y se
preocupe sólo de apuntarse el tanto.







