La gran conspiración
Todavía no ha llegado a España y espero que tarde mucho en
hacerlo. Su vía de entrada en Europa está en Reino Unido, donde
comparten idioma con los Estados Unidos, “cuna” de este
movimiento. Se denominan a sí mismos flat earthers o
“terraplanistas”. Básicamente son personas que están
convencidas de que la tierra es plana.
En pleno siglo XXI. Les
contaré un poco cómo funciona. Estos “terraplanistas”
consideran que la Tierra es en realidad un disco plano, con el polo
norte en el centro y la Antártica en la circunferencia. El mundo
está rodeado por un muro de hielo (algo similar al de la serie Juego
de Tronos, debe ser) y los gobiernos de las principales potencias
están aliados para custodiarlo y mantener el secreto. (Este, por lo
menos, es el modelo más extendido, aunque existen diferentes
propuestas de tierras planas, con sus respectivos mapas y mucha
imaginación).
El sol y la luna son ambos emisores de luz, de luz
cálida el primero y de luz fría la segunda. Giran en círculos en
la bóveda celeste, que es eso, una bóveda cerrada. Por supuesto
nunca pisamos la Luna, eso sería imposible. La Agencia Espacial
Internacional y la NASA son los pilares de una enorme conspiración
destinada a engañar a la humanidad y hacernos creer que el planeta
en donde vivimos es una esfera que orbita una estrella que gira en
una galaxia que se mueve en un universo en expansión. Absurdo,
dicen. Mentiras.
Si no podemos ver la curvatura con nuestros propios
ojos, es porque no existe. Si los aviones pueden volar de oeste a
este es porque no hay gravedad y la Tierra no se mueve. Si los
habitantes de las antípodas no se caen al estar cabeza abajo es
porque el mundo es plano.
Parece un chiste sobre el que no merecería
la pena escribir, pero es que estos grupos están creciendo. Se
reúnen cada año en la Flat Earth International Conference
(Conferencia Internacional de la Tierra Plana), en Denver (EE UU) y
Edmonton (Canadá), un evento de dos días cuya entrada cuesta cerca
de 200 euros.
Este año, por primera vez, celebrarán una de estas
conferencias en Birmingham, Reino Unido. Recaudan dinero (y no
pequeñas cantidades) para intentar demostrar sus alocadas teorías,
porque el resto de los científicos están equivocados o son unos
mentirosos o forman parte de la conspiración.
Escuchar sus
argumentos es como ver una comedia clásica; de hecho, sus opiniones
alimentan una interminable retahíla de vídeos de respuesta en
YouTube por parte de divulgadores y aficionados que se dedican a
desmontar sus pobres argumentos (no hace falta ser astrofísico para
hacerlo, basta con escuchar a cualquiera con conocimientos
científicos reales para darse cuenta de qué versión tiene más
sentido). Su convicción y determinación pueden ser apabullantes, y
se escudan en esa idea conspiranoica que les permite sonreír con
altanería diciendo “Yo sí que sé la verdad y todos vosotros sois
unos pobres ignorantes a los que han manipulado”.
Su argumento
final, cuando cualquier intento de usar la ciencia es desmontado, es
el único recurso que les queda a los carentes de razón lógica: es
así porque lo dice la Biblia. Siempre ha habido gente que piensa
diferente, y eso es una suerte porque de no ser así estaríamos
estancados en las explicaciones mitológicas que la religión de
turno quisiera imponernos. Pero las ideas nuevas necesitan afianzarse
en la lógica y la evidencia o no tardan en extinguirse.
Mantener las
más absurdas en contra de la razón no es, como parecen pensar estos
“terraplanistas”, un signo de genialidad y de iluminación, sino
un rasgo de estupidez absoluta, una estupidez que además se
enorgullece de sí misma y que tiene en el ataque su única forma de
defensa. Y la estupidez es una de las armas más peligrosas que tiene
la humanidad. Especialmente la estupidez obstinada y orgullosa







