¡Nessun Dorma!
Que nadie duerma, que nadie quede engañado por los amaneceres que
al son de trompetas apocalípticas vienen invitando a reverdecer los
viejos tiempos ultramontanos, ya antaño fenecidos en el anochecer de
los ingenuos, ya otrora casi olvidados por los pasmados
contemplativos, y ahora, ya muy recientemente, despertados por los
depredadores que se alimentan de las flaquezas humanas sobrevenidas.
Que nadie duerma, porque los hilos que se ocultan en el confuso
enredo de la madeja sin deshilvanar, van entretejiendo sutilmente con
silencios calculados, redes internas en las que van quedando
prisioneros aquellos seres volubles dispuestos a denostar todo lo
conseguido. Que nadie duerma, porque los codiciosos titiriteros de
pardas camisas y correajes negros, pretenden hacernos bailar con
músicas ya perdidas en el tiempo, que ahora van versionando a
escondidas entre las embobadas distracciones de los candorosos
espectadores.
Que nadie duerma, porque desde la luz recóndita de las
cavernas se invita con sibilinos cantos de sirena a la fiesta de la
regresión pautada, al retorno de embride de las libertades, a los
confesionarios bizantinos que propician bajar la guardia ante las
injusticias, a los estrados de las proclamas de un mañana en las que
nadie debe confiar porque nada bueno anuncia, y del que sí debemos
temer el alcance real de unas vanas esperanzas invocadas. Que nadie
duerma, que nadie confíe en proclamas de púlpitos enardecidos,
aquellos que hace décadas derramaron sangre, sometieron vidas,
enclaustraron esperanzas, violaron voluntades y asesinaron en nombre
de un ser supremo escondido entre el follaje de los sables templados
y las flameantes banderas.
Que nadie duerma, porque pueden
levantarse nuevos paredones, porque pueden abrirse nuevas cunetas,
porque pueden después cerrarse e ignorarse para tapar la ignominia,
para humillar a los encausados, y porque también podríamos tener
que volver a tragarnos lágrimas de intenso dolor sintiendo cercanas
las troneras del plomo indigno vomitado.
Pero al tiempo, que tampoco
nadie duerma ante la injusticia social mantenida y consentida, la que
roba la dignidad de los desempleados, la de las gentes del trabajo en
precario, la de los míseros salarios, la de los techos sin tejados,
la de esas esperanzas sustraídas a la engañada juventud dispersa,
esta que anda confundida y resignada, rendida a la desesperanza; y
también, la de quienes ya no les quedan fuerzas para sublevarse ante
la codicia de los encaramados en las cimas de la soberanía, que
hacen dejación de sus promesas y muestran perfiles ausentes de los
sacrificios ofrecidos, para quedar deambulando en el limbo protector
de los Partidos Políticos, que cada vez más, generan mayor
desafección y desconfianza.
Que nadie duerma porque nunca nada es
conseguido para siempre; tan solo es prestado en tiempo corto ante el
ímpetu poderoso de quienes más tienen, de quienes quieren más, de
quienes viven sobre los destrozados lomos de vidas ajenas ayuntadas y
sometidas, sobre sufrimientos inadmisibles e intolerables, sobre la
desesperación de los que nunca alcanzan a sentirse respondidos
porque no tienen a su alcance quien les escuche. Que nadie duerma y
que todos abramos puntos de vigía en los horizontes, más allá de
la cercanía del opio durmiente, a pesar de las fuerzas mermadas por
tanta lucha y de los anestesiados sucedáneos que se nos ofrecen a
diario.
Frente a ello, ¡despertemos!, ¡Disípate, oh noche!,
alcemos firmes la voz de la respuesta, el grito de la insumisión, el
eco impetuoso de las viejas luchas y, cantemos, cantemos a la vida, a
la libertad que se nos puede robar, a la dignidad que debemos
recuperar para nosotros, para nuestros hijos, y alcancemos a entender
con libérrima razón y con irrenunciable plenitud, esa última
estrofa de un emocionado Pavarotti, cuando proclama extasiado: ¡Al
alba vincero! Porque nuestro permanente alborear es nuestro presente,
y debe serlo para mañana y para siempre.







