Un voto, un futuro país
Gatitos en apuros
El Ayuntamiento de Madrid anunció el pasado 7 de octubre un plan
para exterminar a las cerca de 12.000 cotorras argentinas que se
calcula habitan en la capital del país. Bajo el pretexto de
constituir una amenaza para la seguridad y la biodiversidad de la
ciudad, el plan elaborado por el consistorio madrileño, presidido
por el popular José Luis Martínez-Almeida, propone la captura de
las aves con redes y trampas para sacrificarlas y la esterilización
de los huevos.
No se trata de un caso aislado e insignificante. Este
ejemplo sirve para hacernos conscientes de la importancia de elegir a
nuestros/as representantes políticos/as. Cuando emitimos nuestro
voto, escogemos, a su vez, el tipo de sociedad que queremos construir
colectivamente.
Es decir, hacemos una apuesta de futuro por un modelo
de país.
Lo dicho anteriormente pasa ineludiblemente por las
cuestiones ambientales. Así, el próximo 10 de noviembre, podremos
optar por quienes se muestran impasibles ante la inminente crisis
climática (a pesar de las advertencias formuladas por el Grupo
Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático de la ONU y
del respaldo proporcionado por el 97% de las científicas y
científicos a la afirmación de que el cambio climático es un hecho
y que tiene causas humanas), que quieren perpetuar un modelo
económico basado en el uso intensivo de recursos naturales finitos y
altamente contaminantes (como el petróleo o el carbón) y que
consideran que pueden disponer de los animales a su antojo.
O, por el
contrario, podremos aprovechar la próxima cita electoral para dar
voz a nuestros compañeros no humanos (ese perro o esa gata que nos
alegran la vida cada día y todos los días) y al resto de animales
que quieren dejar de ser perseguidos, cazados, toreados, torturados,
asesinados. Optar por un modelo económico que no hipoteque la salud
de nuestros ecosistemas y el futuro de nuestros hijos e hijas. Y al
fin recoger con nuestro voto el grito de la madre Tierra, que nos
exige que volvamos a conectar con sus ritmos, quizá un poco más
lentos, pero más placenteros, para que ningún/a político/a se
atreva a ignorarlo nunca más.