Himnos para una pandemia
Cada anochecer, un sentido aplauso colectivo rasga el silencio que
ha sido impuesto por la impotencia de quienes, bordeando la
ignominia, se arrogan la representación de los silentes proclamando
que velan por su bienestar. Tarde, mal y falsariamente, hemos
recibido lo que algunos denominan información y una gran mayoría
percibimos como entretenimiento en el mal ajeno.
Porque,
sinceramente, opte Vd. por la opción política que sea, ¿es
perdonable que las instituciones encargadas en el mundo de velar por
la salud de la ciudadanía, hayan fracasado tan cruelmente en el
anuncio y verificación de esta pandemia? Entiendo y trato de
comprender que nos haya cogido esta situación a contrapié,
especialmente a los Gobiernos de los diferentes ámbitos
territoriales que se pasan los días recelando de quienes,
precisamente, no son gobierno.
Pero, cuando el virus asomó la
patita, la reacción a lo que se acercaba se produjo con una
desesperante parsimonia. Como solía decir Alfonso Guerra, se
quedaron “pasmaos”. En ninguno de los cinco niveles de la
Administración Pública Europea se escuchaba la imprescindible
trompetería, tan necesaria para poner en alerta a la población.
Todo se reducía a un “me parece que…” (Recuerdo ahora cómo se
criticó a aquella ministra socialista que, en 2009, compró varios
millones de vacunas contra la Gripe-A.
Cuánto he echado de menos,
decisiones valientes como la de Trinidad Jiménez). En estos meses,
al anochecer y con reiteración, he escuchado cinco himnos en los que
me he estado apoyando para mantener el ánimo esperanzado: A las
ocho, el entrañable aplauso que, como himno de gratitud, se asomaba
estruendoso desde las ventanas del vecindario, como muestra de
reconocimiento para quienes se han jugado la vida por proteger la
nuestra (Nunca seremos lo suficientemente agradecidos, como se
merecen que lo seamos, con estos mayúsculos ciudadanos); después,
el consabido “Resistiré” insuflaba en nuestra atónita
incredulidad una fuerza que precisábamos ante la incertidumbre de lo
venidero.
En mi caso, tras estas dos solemnidades, conectaba con You
Tube para escuchar con absoluta concentración, el “Gracias a la
vida” de Joan Baez y Mercedes Sousa, todo un himno imprescindible
para aliviarnos la vanidad e inyectarnos una dosis de necesaria
humildad; más tarde, añadía “Libertad” de Nana Mouskouri
(versión exquisita del “Va Pensiero”, del Nabucco de Verdi), la
cual permitía reafirmarme en que, después de la vida y la salud, la
Libertad es el don, para mí, más necesario y apreciado.
Y, por
último, necesitaba sentirme joven para seguir creyendo que desde mi
propia fortaleza sería capaz de superar las adversidades con las que
la vida te sigue empedrando tu propio caminar; para ello, retornaba a
mi añorada juventud, aunque fuera desde la imagen recordada, allá
por 1968, que me transmitía el “Ara que tinc vint anys” del
insuperable Serrat. Estos cinco himnos como cinco verdades absolutas,
han peregrinado junto a mí durante estos meses de confinamiento; y
lo siguen haciendo en la actualidad porque así lo quiero.
Imagino
que cada cual tendrá en su capacidad interna de sentir, otros muchos
himnos tan sensibles como los que enumero, capaces de conmover las
emociones más escondidas que todos albergamos en nuestro interior, y
sería deseable que, cuando esto se desatasque, sin esperar a que se
supere la “nueva normalidad”, no volvamos a caer en las mismas
rutinas de antaño y enajenemos los estériles individualismos, para
que seamos capaces entre todos, de alumbrar una nueva sociedad
recíprocamente más comprometida con el bien común y, para que ello
ocurra, tendríamos que compartir los esfuerzos comunes y exigirle a
nuestros representantes públicos (que en demasiadas ocasiones no los
identifico como nuestros gobernantes), que se dejen de
sobreactuaciones innecesarias y focalicen su tarea en aquello que nos
beneficia a todos, especialmente a los más desfavorecidos.
Soy de la
opinión de que el trabajo eficaz es el trabajo repartido. Mientras
tanto, seguimos caminando.







