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jueves, 17, septiembre, 2026
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El mejor homenaje

El mejor homenaje

GATITOS EN APUROS
Usted no tendría que estar leyendo estas líneas. Es más, estas palabras ni siquiera deberían haber sido escritas. Porque Marian Blanco no debería haber muerto. Esta mujer, residente en Ourense, alcanzó una triste y tímida celebridad cuando, el pasado 2 de diciembre, cayó al río Barbaña mientras alimentaba a su colonia felina.

En distintos medios digitales y redes sociales se ha lamentado su muerte e, incluso, se promovió una iniciativa para llenar su tumba de flores. Sin embargo, el mejor homenaje que podríamos rendirle es que su muerte nos sirva como palanca de cambio. En primer lugar, deberíamos plantearnos algunos interrogantes: ¿por qué tenía que padecer un riesgo diario de caída para alimentar a sus gatitos? ¿Por qué tenía que esconderse mientras desempeñaba esta labor inofensiva? E

xiste una realidad silenciada: la violencia sistemática a la que se enfrentan quienes cuidan colonias felinas. Insultos, amenazas explícitas y veladas, destrozos en las colonias, miedo a que nuestros gatitos sean “represaliados” si contestamos a las ofensas… Esas son algunas de las violencias a las que se exponen las personas que intentan mejorar las condiciones de vida de nuestros felinos urbanos. Si Blanco no hubiese tenido que esconderse mientras desarrollaba su labor, sino que hubiese contado con la admiración de sus conciudadanos/as y con el apoyo de las autoridades, probablemente ahora no estaríamos hablando de ella.

Debería resultarnos pasmoso el grado de deshumanización alcanzado por nuestra sociedad si una persona no puede dar de comer a un gato por temor a que se la insulte o se la criminalice… En consecuencia, la muerte de Blanco debería movernos a emprender transformaciones a nivel cultural y educativo.

Es hora de que desenterremos las falsas creencias que consideran al ser humano por encima de todas las especies y, como tal, con derecho a hacer lo que quiera con ellas. Es preciso asentar las bases para un nuevo contrato de convivencia entre todos los seres sintientes, pues, para superar las violencias, se requiere generar sociedades amantes de la vida y de todas las vidas.

Finalmente, las personas alimentadoras deberían contar con mayor apoyo y protección por parte de las fuerzas de seguridad y los consistorios locales, una implicación real en una competencia que también es suya, pues nuestra biodiversidad es nuestro mayor patrimonio. Crear ciudades hospitalarias para todos los gatitos que tanto quería Marian sería el mejor homenaje que podríamos brindarle. ¿A qué estamos esperando?

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