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lunes, 17, enero, 2022

Inteligencia artificial

Inteligencia artificial

Durante los últimos doscientos años, el concepto de la inteligencia artificial ha fascinado a autores de ciencia ficción y a lectores de todo el mundo. La idea de cómo podría recrearse una conciencia similar a la humana de manera artificial y qué consecuencias tendría ha sido el eje central de múltiples historias en la literatura, el cómic, la televisión o el cine, empezando por la que se considera la primera obra de ciencia ficción, Frankenstein o el moderno Prometeo, de Mary Shelley, escrita en 1818, y en la que la autora reflexiona sobre las consecuencias de desafiar las leyes naturales y crear vida después de la muerte.

Sería aceptable, sin embargo, decir que en este caso no hablamos de inteligencia artificial porque, al igual que ocurre con los replicantes de la película Blade Runner (Ridley Scott, 1982, basada en la novela de Philip K. Dick ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?, de 1968), no estamos hablando de máquinas sino de organismos -creados de forma artificial, o no completamente natural, pero organismos vivos a fin de cuentas-.

El concepto de inteligencia artificial más recurrente es el asociado a máquinas que desarrollan un pensamiento humano, tanto si es con ausencia de una forma física definida (como Hal 9000, el ordenador de la película 2001: Una odisea del espacio; o Skynet, el ordenador que lidera la revolución de las máquinas en la saga de películas Terminator) o bajo el molde de un androide singular (como Andrew, el protagonista de El hombre bicentenario, o David, el androide protagonista de la película AI).

En todos estos casos el concepto de inteligencia se refiere a la capacidad de estas máquinas para desarrollar una autoconciencia y una capacidad de razonamiento similar a la de los seres humanos, no sólo a ser inteligentes. De hecho, en muchos aspectos las máquinas ya son mucho más inteligentes que los seres humanos: jugando al ajedrez, resolviendo problemas matemáticos o haciendo cálculos a gran velocidad. Nuestros cerebros no pueden competir en eso.

Sin embargo, en algo que nos resulta tan mundano como cruzar la calle, las máquinas no llegan al nivel de inteligencia mínimo de un insecto. Porque algunas cosas, que para nosotros son naturales y en las que no tenemos que pensar, implican en realidad un complejísimo proceso mental: coordinación de músculos e impulsos nerviosos, propiocepción constante para mantener el equilibrio y controlar la posición del cuerpo, captación, análisis e interpretación de señales externas, cálculo de variables sobre la distancia a la que está un obstáculo, la velocidad a la que nos movemos, la velocidad relativa del obstáculo, etc.

Aun así, el desarrollo de la inteligencia artificial está avanzando a pasos agigantados, sólo que no en la dirección que había previsto la ciencia ficción. Se encuentra presente en muchos más lugares de los que pensamos: en nuestros teléfonos móviles, en el robot aspirador que pasea por casa, en los algoritmos que gestionan lo que vemos en YouTube o la música que escuchamos en Spotify. El peligro de las inteligencias artificiales está muy lejos de que las máquinas tomen conciencia de sí mismas y se rebelen, y se encuentra más bien en el uso que los seres humanos podemos dar a esta tecnología.

China, que se ha convertido en las últimas décadas en un estado pionero en muchos campos, también lo está siendo en el desarrollo de la inteligencia artificial y de redes neuronales artificiales. Sin embargo, la finalidad es más que cuestionable, ya que allí se emplea el vasto sistema de gestión de datos informáticos y reconocimiento facial -gracias a unos 170 millones de cámaras por todo el país- para elaborar una suerte de ranking de ciudadanos según su nivel de compromiso con el Estado y con el Partido. El temor que ha existido en la cultura popular hacia la inteligencia artificial, presente sobre todo en las décadas de 1990 y 2000, está hoy en día desapareciendo, como antes hiciera el miedo irracional hacia todo lo nuclear.

En general, la inteligencia artificial es una tecnología más y como todas las demás no es perversa por sí misma, pero puede utilizarse de manera perversa. Será lo que nosotros hagamos de ella, una gran ayuda o un arma terrible, como casi todos los avances de la humanidad.

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