Los niños de antes
Por: Mari Carmen Rico Navarro. Cronista oficial de la Villa de
Petrer
Se podría decir, sin lugar a dudas, que la niñez es la etapa más
feliz de la vida, una etapa en la que no suelen existir las
preocupaciones. Aunque no siempre ha sido así pues hace algunos años
había niños que tenían que trabajar y ayudar a sus padres para
poder subsistir como “los niños de la leña” que iban al monte a
recoger este combustible y así poder ayudar a sus familias.
Otros
niños padecían de la incultura de sus padres ya que el
analfabetismo estaba muy extendido. Cuando empezó a despegar la
industria del calzado, con la industrialización era habitual ver a
niños de muy corta edad ayudando a los trabajadores, realizando
diversas tareas que iban desde llenar los botijos de agua hasta
llevar carretillos. Durante la niñez los más pequeños asistían a
las diferentes escuelas que había en el pueblo. Las obligaciones
esenciales de los niños generalmente eran ir a la escuela y jugar.
Jugar con los amigos en el entorno de la calle donde vivían y sus
alrededores. La infancia estaba repleta de momentos maravillosos e
ilusionantes; cualquier cosa por insignificante que pareciera se
convertía en la expresión viviente de la felicidad. En las primeras
décadas del siglo XX, los juegos de las niñas y niños en las
plazas y en las calles de Petrer donde vivían los más pequeños
ocupaban la mayor parte del tiempo. Correteaban y jugueteaban por las
calles que no tenían tráfico, eran los dueños y corrían por
lugares donde no había peligro.
También se asomaban a les boqueres
y se subían a los porches del edificio del casino El Terròs, la
sede de la fiesta, de la Unión de Festejos, en la plaça de Dalt, en
aquellos tiempos. Correteaban por allí y miraban por el agujero de
la cerradura de la puerta de una habitación donde se guardaba la
cabeza de la Mahoma que les llamaba poderosamente la atención.
Existía la costumbre de ir por los campos y arrasar los árboles
cogiendo almendras y albaricoques verdes.
En las tardes de verano los
niños se sentaban con sus padres a tomar helados en la plaça de
Dalt, en el Casino del Terròs y en otros que se ubicaban en dicha
plaza. También era costumbre ir a la era de Pebrella a comprar
tramusos y guijas. En esos años la mortalidad infantil era muy
elevada y la muerte no discriminaba a los niños ricos de los pobres.
A los infantes muertos se les denominaba “mortixols” o
“mortixolets”. Existía la costumbre de cuando moría un niño ir
a bailar y a cantar a la casa donde se había producido el óbito.
Este ritual se aceptaba como una tradición, aunque no fuese con
mucho agrado. Esta costumbre desapareció en Petrer a raíz de que
Presentación Maestre Poveda, indignada por el hecho de que se
bailara cuando fallecía un pequeño, echara de su casa a todos los
que hasta allí habían acudido a bailar cuando murió su hijo a
finales de la década de 1880. Todo el pueblo lo aceptó muy bien y
en ese momento se acabaron los bailes en Petrer cuando fallecía un
recién nacido.
La mortalidad infantil, como hemos apuntado, era muy
común y mortixolets había todos los días. A los niños cuando
fallecía alguien de la familia los vestían de riguroso luto,
incluso para tomar la comunión. Los juegos más frecuentes, entre
los años 20 y 30 del pasado siglo, eran el gua, la píndola, oliva
oliva, la trompa y el diábolo, entre los niños, y la tella y la
comba entre las niñas. Un tiempo especial para ellos era cuando
llegaba la Pascua y disfrutaban yendo a comerse la “mona” y
también jugando a píndola en la plaça de Baix, a volar el
cachirulo, a llargues…
Cómo ha cambiado la niñez respecto a un
pasado no muy lejano. Hoy nuestras calles están llenas de coches y
hace ya tiempo que los más pequeños juegan en los parques y
jardines. También las actividades extraescolares ocupan buena parte
del ocio de los niños. Los tiempos han cambiado y es lo que nos toca
vivir.
¡Quién pudiera volver a ser niño!







