David Llorente Cortés
La lingüística, o ciencia que estudia el lenguaje, puede diferenciar entre dos tipos de sinónimos: los sinónimos absolutos y los relativos. Los primeros son aquellos que pueden intercambiarse en cualquier contexto sin alterar el significado de la frase (por ejemplo, monje /fraile), mientras que los segundos son aquellos que, de intercambiarse, pueden alterar el sentido de ciertas oraciones (por ejemplo, economizar /ahorrar).
Para muchos lingüistas, sin embargo, no existen en realidad los sinónimos absolutos, ya que siempre habrá un pequeño matiz, incluso si es etimológico, que haga una palabra más adecuada que otra en algún contexto determinado. Después de todo, no tendría sentido que dos palabras coexistieran en una misma lengua y región si son absolutamente intercambiables bajo cualquier circunstancia. Es cierto que, en muchas ocasiones, dos sinónimos pueden parecernos absolutos, pero cuando coexisten en una misma lengua es porque se dan las circunstancias, bien sea a nivel semántico o de registro, para que, en ocasiones, uno de los términos sea más adecuado que otro.
A título de apreciación personal (no soy lingüista, tan sólo un observador), me atrevería a decir que para identificar la idoneidad o el significado exacto de una palabra, los humanos utilizamos dos mecanismos, principalmente. El primero es el del contexto y el segundo, el de la empatía.
El contexto es una de las partes más importantes para identificar el significado exacto de un término. Depende de dónde se encuentra, de a qué palabras acompaña. Así, los verbos ir y marchar pueden ser sinónimos en una expresión como «todo va /marcha bien». Pero en la oración «los soldados van/marchan hacia la ciudad» el contexto nos marca una diferencia entre ambos verbos; «van» se entendería como algo más informal, mientras que «marchan» hace referencia a un avance en formación y con perspectivas más agresivas.
El segundo mecanismo es algo más complejo. La empatía implica conocer y entender al interlocutor y saber qué quiere decir. Es el mecanismo fundamental para entender la ironía o el sarcasmo, pero también para moverse en el diálogo corriente. Depende mucho de cuánto conozcamos a nuestro interlocutor y, por ello, es más fácil malinterpretar a un desconocido que a un amigo. Cuando somos capaces de entender el punto de vista de la otra persona, podemos superar la literalidad de las palabras y entender lo que se quiere expresar en realidad.
Pero hoy en día parece que existe una cierta pereza a la hora de utilizar este segundo mecanismo y mucha gente se niega a realizar el más mínimo esfuerzo por interpretar lo que un interlocutor quiere decir. Se limitan a las definiciones del diccionario (y, a veces, sólo a la acepción que más les conviene), se toman al pie de la letra cada expresión y cada verbo, se aferran a cada palabra pronunciada e incluso se atreven a pretender que son ellos los que saben, mejor que nadie, lo que el interlocutor de verdad quería decir. Es una forma de fabricar munición oral para usarla en un enfrentamiento constante contra aquel que consideran enemigo u oponente, contra aquel con el que no se quiere dialogar y al que no se pretende comprender.
Creo que es, como he dicho, una señal de pereza mental y una muestra de que predomina el afán de enfrentamiento frente al de entendimiento.







