El gran reemplazo
Hay un fenómeno que se está extendiendo por todo el mundo
occidental en los últimos años: el crecimiento y expansión de
grupos de extrema derecha, bien sean partidos políticos,
asociaciones o plataformas conservadoras. El último caso lo hemos
tenido en Brasil, con la victoria de Jair Bolsonaro, pero sin salir
de Europa tenemos ejemplos de sobra en Italia, Suiza, Austria,
Dinamarca y Hungría, por nombrar sólo los países donde los
partidos políticos nacionalistas tienen más apoyos.
Uno de sus
discursos más repetidos por estos grupos es la advertencia profética
de que Europa se encuentra en peligro por la invasión de extranjeros
que amenazan con acabar con nuestra cultura y forma de vida, una idea
que se refuerza en la teoría conspiratoria del Gran Reemplazo. Esta
idea, cuyo nombre ha sido popularizado por el escritor francés
Ranaud Camus, abarca desde la mera observación de los cambios
culturales que pueden derivarse de los movimientos migratorios hasta
un maléfico complot para acabar con la cultura occidental de forma
metódica y deliberada.
En un vano intento de escapar de los
apelativos de racismo y xenofobia que rápidamente salen a flote
frente a discursos nacionalistas, estos partidos tratan, unas veces
con razonamientos que intentan ser lógicos, otras con claros ataques
basados en la falta de argumentos, de explicar que su posicionamiento
es una defensa de la cultura europea -la cultura de los cristianos
blancos, quieren decir- y de los valores democráticos frente a las
imposiciones de los fundamentalistas -islámicos, quieren decir-.
Sin
embargo, con estas explicaciones, los grupos nacionalistas dejan
claro que sus conocimientos son limitados, si no claramente
interesados. ¿Alguien se atrevería a negar que España y Portugal
forman parte de Europa? Imagino que no. ¿Y Grecia? ¿Y Alemania?
Pues bien, la península Ibérica estuvo ocupada por población árabe
durante siglos y esto ha quedado muy marcado tanto en nuestra cultura
como en nuestros genes. Grecia formó parte del imperio Otomano desde
el siglo XV hasta el XVIII, con lo que estuvo más unida a los países
árabes del mediterráneo oriental que a la Europa occidental.
Y las
tierras que hoy conocemos como Alemania fueron invadidas por
poblaciones de migrantes como los hunos, procedentes de las estepas
asiáticas alrededor del siglo V dC. Estos son sólo unos ejemplos,
creo que suficientes, para comprender que la identidad o cultura
europeas no son más que una idea abstracta, una gigantesca mezcla de
culturas, tradiciones, pueblos, influencias, costumbres, lenguas…
No tiene sentido hablar de pureza cultural salvo si nos referimos a
un pueblo que ha vivido aislado del resto del mundo durante miles de
años.
Todas las demás poblaciones del mundo se han mezclado, movido
e influenciado unas a otras de algún modo. La defensa de las
libertades y derechos que nuestros antepasados lograron para nosotros
en Europa es encomiable, pero la simplificación de un discurso
antagonista que pone a ellos contra nosotros me parece ridícula. El
término xenofobia se emplea para representar el rechazo o recelo
hacia los extranjeros, algo originalmente procedente del miedo y
desconocimiento (de ahí la parte de -fobia, del griego phobos,
miedo).
Hoy en día ya no se trata tanto de desconocimiento y miedo
como de rechazo directo, por lo que tal vez deberíamos comenzar a
emplear el término misoxenia, que aúna las raíces misos (odio) y
xénos (extranjero) y aplicarlo a quienes, por mucho que lo
maquillen, no sienten odio sino a los que vienen de fuera.







