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lunes, 21, septiembre, 2026
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La gran conspiración

La gran conspiración

Todavía no ha llegado a España y espero que tarde mucho en hacerlo. Su vía de entrada en Europa está en Reino Unido, donde comparten idioma con los Estados Unidos, “cuna” de este movimiento. Se denominan a sí mismos flat earthers o “terraplanistas”. Básicamente son personas que están convencidas de que la tierra es plana.

En pleno siglo XXI. Les contaré un poco cómo funciona. Estos “terraplanistas” consideran que la Tierra es en realidad un disco plano, con el polo norte en el centro y la Antártica en la circunferencia. El mundo está rodeado por un muro de hielo (algo similar al de la serie Juego de Tronos, debe ser) y los gobiernos de las principales potencias están aliados para custodiarlo y mantener el secreto. (Este, por lo menos, es el modelo más extendido, aunque existen diferentes propuestas de tierras planas, con sus respectivos mapas y mucha imaginación).

El sol y la luna son ambos emisores de luz, de luz cálida el primero y de luz fría la segunda. Giran en círculos en la bóveda celeste, que es eso, una bóveda cerrada. Por supuesto nunca pisamos la Luna, eso sería imposible. La Agencia Espacial Internacional y la NASA son los pilares de una enorme conspiración destinada a engañar a la humanidad y hacernos creer que el planeta en donde vivimos es una esfera que orbita una estrella que gira en una galaxia que se mueve en un universo en expansión. Absurdo, dicen. Mentiras.

Si no podemos ver la curvatura con nuestros propios ojos, es porque no existe. Si los aviones pueden volar de oeste a este es porque no hay gravedad y la Tierra no se mueve. Si los habitantes de las antípodas no se caen al estar cabeza abajo es porque el mundo es plano.

Parece un chiste sobre el que no merecería la pena escribir, pero es que estos grupos están creciendo. Se reúnen cada año en la Flat Earth International Conference (Conferencia Internacional de la Tierra Plana), en Denver (EE UU) y Edmonton (Canadá), un evento de dos días cuya entrada cuesta cerca de 200 euros.

Este año, por primera vez, celebrarán una de estas conferencias en Birmingham, Reino Unido. Recaudan dinero (y no pequeñas cantidades) para intentar demostrar sus alocadas teorías, porque el resto de los científicos están equivocados o son unos mentirosos o forman parte de la conspiración.

Escuchar sus argumentos es como ver una comedia clásica; de hecho, sus opiniones alimentan una interminable retahíla de vídeos de respuesta en YouTube por parte de divulgadores y aficionados que se dedican a desmontar sus pobres argumentos (no hace falta ser astrofísico para hacerlo, basta con escuchar a cualquiera con conocimientos científicos reales para darse cuenta de qué versión tiene más sentido). Su convicción y determinación pueden ser apabullantes, y se escudan en esa idea conspiranoica que les permite sonreír con altanería diciendo “Yo sí que sé la verdad y todos vosotros sois unos pobres ignorantes a los que han manipulado”.

Su argumento final, cuando cualquier intento de usar la ciencia es desmontado, es el único recurso que les queda a los carentes de razón lógica: es así porque lo dice la Biblia. Siempre ha habido gente que piensa diferente, y eso es una suerte porque de no ser así estaríamos estancados en las explicaciones mitológicas que la religión de turno quisiera imponernos. Pero las ideas nuevas necesitan afianzarse en la lógica y la evidencia o no tardan en extinguirse.

Mantener las más absurdas en contra de la razón no es, como parecen pensar estos “terraplanistas”, un signo de genialidad y de iluminación, sino un rasgo de estupidez absoluta, una estupidez que además se enorgullece de sí misma y que tiene en el ataque su única forma de defensa. Y la estupidez es una de las armas más peligrosas que tiene la humanidad. Especialmente la estupidez obstinada y orgullosa

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