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sábado, 18, mayo, 2024
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Emmanuel Cienmandrágoras

Empresario

A los 14 años empezó a trabajar en un estudio de diseño gráfico, después de un par de décadas y de trabajar aquí y allá, Emmanuel Cienmandrágoras está al frente, junto a su socio Eduardo Amat, de La Ciudad sin Ley, S.L., una Factoría de Creatividad consolidada y con una proyección nacional e internacional

Emmanuel, hoy en día eres empresario, pero cuando llega esa edad en la que tienes que decidir cómo enfocar tu trayectoria profesional ¿tenías claro que querías serlo?

No, ni mucho menos. Yo formo parte de esa generación que cuando finalizabas la EGB, muchos empezaban a trabajar, algunos optaban por estudiar algún ciclo de Formación Profesional y no eran muchos los que finalizaban estudios universitarios. Era una época, en la que el trabajo se incluía muy pronto en tu vida y, claro, tenías que decidir, a una edad muy temprana, hacia donde dirigirte.

¿Y qué decidiste?

Yo fui uno de los muchos que, a los 14 años, comenzó su vida laboral. Y no guardo mal recuerdo, ya que mi primer trabajo me ayudó a explorar mi creatividad. Empecé en un estudio de publicidad y diseño gráfico, ya desaparecido, que se llamaba METRO. Estaba ubicado junto al Mercado Central de Elda, que ocupaba un primer piso de una antigua casa y que hoy es un solar lleno de maleza.

Pero, ¿tenías nociones, al menos las básicas, del diseño gráfico?

No, pero desde pequeño me ha gustado mucho dibujar. Mi madre pintaba al óleo y mi padre trabajaba en el ámbito de la arquitectura, por lo que no tenía esa sensación de que uno tiene que trabajar en lo típico de su pueblo, en este caso, el calzado; que era la forma más fácil de comenzar a ganar dinero cuando aún eras un chiquillo.

Para que entiendas, en casa mi habitación por la noche era un dormitorio, pero durante el día se transformaba en estudio de trabajo. Las estanterías, en vez de juguetes, estaban llenas de libros y revistas de arquitectura, y la mesa donde estudiaba era una mesa técnica de delineación llena de planos de papel vegetal y estilográficas.

Así que, se puede decir, que crecí en un ambiente en el que la creatividad estaba muy presente. Eso me ayudó bastante.

¿Cómo fueron los inicios en ese estudio de diseño gráfico?

Para mí fue un pequeño master que me enseño que se podía vivir de la creatividad. Y tuve las primeras experiencias en las que pude ver como trabajos que realizaba, después se materializaban en la calle. ¿Recuerdas las cajas de Pizzería Americana?

La verdad es que fue un trabajo que marcó mi futuro. Era muy joven y ese empleo me permitió normalizar la creatividad como profesión y no como hobby. Me movía entre Letraset, rotuladores de colores, dibujos, libros de logotipos y fotografías publicitarias.

Profesionalmente, ¿siempre has estado ligado al diseño gráfico?

Qué va, ni mucho menos. En el Estudio METRO, estuve casi dos años. Y, a partir de ahí, pasé por muchos sectores, desde trabajar en el campo de peón a ser dependiente de comercio; mientras tanto, lo combiné con estudios nocturnos en el instituto Azorín y aprender diseño digital con un nuevo programa que tomaba protagonismo: Autocad. Esto último me abrió nuevas posibilidades comenzando a trabajar en un Estudio de Arquitectura.

De nuevo, el diseño y la creación, ¿no?

Vamos a ver, mi inclinación siempre ha sido la creatividad, a mí nunca me ha gustado trabajar en un proceso mecánico, tampoco me ha gustado nunca el tema de la gestión. Creo que poco a poco fui propiciando de forma natural encontrarme de nuevo en un trabajo que me permitiese enfocarme en hacer lo que me gustaba, explorar nuevos campos y a su vez ir labrándome un futuro.

¿Cómo fue la experiencia?

La arquitectura es apasionante. Primero, estuve delineando con un aparejador de Petrer, Alejandro Perseguer, en un despacho para el que también hacía trabajos mi padre, y, después, un arquitecto de Elda buscaba alguien que trabajase con ordenador, y estuve trabajando para él por algo más de diez años. Este último trabajo me permitió conocer, el mundo de la arquitectura y también sacarme por libre los estudios de delineación.

Fue una época en la que el margen de creatividad era mínimo, lo importante era sacar muchas viviendas de protección oficial.

Entonces, ¿fue un buen trabajo?

Sí, entre otras cuestiones, porque mis conocimientos del ordenador me permitieron conocer cómo funcionaba un despacho de arquitectura y, además, la posibilidad de evolucionar a los programas informáticos que empezaron a surgir, y que permitían crear imágenes realistas a través de “renders” 3D.

¿Eres una persona autodidacta?

Sí, aunque en un principio hubiese querido no ser tan autodidacta. Dedicarte únicamente a estudiar sin trabajar, cuando eres joven, es un privilegio. Aunque, considero que, en ocasiones, uno puede estar muchos años estudiando, finalizar los estudios y estar incapacitado para trabajar en lo que te has formado y, por el contrario, he conocido personas autodidactas que han logrado metas que otras, con más títulos, no han conseguido alcanzar.

Realmente sí, soy un eterno autodidacta.

¿Por qué dejaste el mundo de la arquitectura?

Una suma de circunstancias que me llevaron a buscar un cambio radical. Había vivido deprisa, me casé joven y para aquel momento sentía que ya me había realizado “arquitectónicamente”, diseñando y construido mi propia vivienda. A finales del 2007 me divorcié, dejé el trabajo y consideré que era el momento de replantearme mi vida, sobre todo profesionalmente.

Necesitaba enfocar mi futuro y decidí cruzar el charco y viajar a Nueva York, para poner tierra de por medio y mantenerme ocupado estudiando inglés. Allí encontré donde recargar pilas, inspiración y decidir a qué me dedicaría.

Siempre me había gustado la fotografía. Era de los que llevaba la cámara colgando, pero como afición, nunca me había tomado en serio. Ese viaje fue, además, una experiencia vital en la que descubrí, realmente, la fotografía como un medio que me ofrecía la oportunidad de explorar y descubrir nuevos campos.

¿Desde entonces la fotografía forma parte de ti?

Se puede decir que sí porque cuando regresé de Nueva York, y tras decidir darme una oportunidad con ella, me puse a estudiar de nuevo un módulo que me preparase para incorporarme de nuevo en el mundo de la publicidad.

Fue una época un poco caótica, vivía entre Petrer y Madrid, conocí a mi actual pareja que también, como yo, atravesaba una situación difícil.

A tu vuelta de Nueva York, ¿cuándo vuelves a “estabilizar” tu vida laboral?

Pues, en medio de todo ese “caos”, recibo una llamada de Eduardo, mi actual socio, para proponerme llevar las redes sociales de la empresa Hispanitas, que por aquel entonces se proponía comenzar con la comunicación digital.

Era el año 2009, acepté la propuesta, conocía el mundo de las redes sociales, pero en aquel momento, todo estaba por inventar. Allí estuve seis años, llevando también el Departamento de Comunicación. Pasado ese tiempo mi etapa allí llegó a su fin, y junto a Eduardo, apostamos por lanzarnos a fondo en un proyecto que ya estaba desarrollando en ratos libres, que terminó siendo nuestra nueva aventura: crear La Ciudad sin Ley, S.L., Factoría Creativa.

Eres una persona muy intensa, no paras, ¿tienes tiempo para la familia?

Claro. Vamos a ver, Flavia mi pareja forma parte de nuestra Factoría de Creatividad, y en muchos de los proyectos colaboramos juntos, lo que nos permite, en ocasiones, viajar y pasar horas juntos.

Además, como sabes, en La Ciudad sin Ley, las familias de todos los que allí trabajamos tienen su espacio. Eso es algo que defendemos desde nuestro comienzo. Y como no, Flavia y yo hemos intentado desde el principio que Abril y Mateo crezcan entre las paredes de nuestra Factoría de Creatividad.

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